El retorno inesperado: la deportación

Regresar a casa. Soñar con el regreso, en el momento adecuado, después de lograr ciertas metas: reunir dinero, enviar suficiente dinero a la familia, convertirse en una persona con documentos y poder enviar a sus hijos a la universidad con la cobertura de una beca, tener acceso al sistema de salud o viajar sin miedo por cualquier lugar en Estados Unidos. Cada una de las entrevistas que he tenido a lo largo de estos años de platicar con mis amigos migrantes conlleva en esencia parte de estos sueños.
“Carlos y yo platicamos sobre la posibilidad de regresar a México en nuestra vejez” me dijo Lourdes en una mesa de su restaurante. Ellos son ya, ambos, residentes con hijos nacidos en territorio estadunidense a los que han inculcado que su ciudadanía les otorga “privilegios” frente a los que no tienen un documento con qué ampararse.
Tal vez sea una noción falsa basada en cierta discriminación por parte de Carlos, Lourdes y su familia hacia el resto de los migrantes que no tienen papeles para trabajar legalmente, pero quienes carecen de ellos, los anhelan para evitar ser separados de su familia, regresados a su país de origen, sacados a fuerzas del lugar al que les costó mucho dinero llegar y mucho tiempo y esfuerzo tratar de integrarse.
El retorno inesperado, la deportación, le llegó a Pedro después de diez años. No se atrevió a moverse de California a pesar de que sabía que es uno de los estados con mayor número de inmigrantes indocumentados de origen hispano y que su traslado de casa al trabajo y viceversa era parte del riesgo que tenía que correr por no contar con una licencia de conducir.
Finalmente sucedió hace tres años: En 2010 lo detuvieron en la highway y lo deportaron. Con dos hijos pequeños de diez y siete años, nacidos en Estados Unidos, él y su esposa tuvieron que decidir entre regresar todos a México o dejar que Pedro volviera solo e intentara otra vez cruzar pronto la frontera para reencontrarse en el lado americano.
Un factor los hizo volver a todos. Pedro quiere que los niños aprendan español como no lograrían hacerlo en Estados Unidos. También quería que convivieran con sus respectivas familias, no quería que estuvieran separados mucho tiempo y no deseaba que la esposa pudiera ser deportada también, porque en ese caso, los niños quedarían a cargo del Estado, mientras algunos de sus familiares intentaban rescatarlos.
Tres años han pasado y las diferencias entre el nivel de vida que tenían en California y el que tienen aquí es enorme. La visión de cada integrante de la familia también es diferente. La esposa le reclama a Pedro la decisión de traerlos a vivir a México, el niño de diez años sabe inglés pero se le dificulta escribir en español, la niña de siete se adaptó más fácilmente y Pedro está juntando dinero para intentar cruzar la frontera y que todo sea como antes.

Publicado el 08 de mayo de 2013 en http://www.verticediario.com y su edición impresa.

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About margaritabéldam

Maestra en Ciencia Política y aprendiz de escritora.

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