SAMBA

SAMBA

Dentro de la emisión 2015 del Tour de Cine Francés se exhibe una película con el nombre que he utilizado para este artículo. Samba es un joven de Senegal que ha vivido durante casi diez años en Francia y que sostiene con su trabajo a su madre y a sus hermanos en su país, al mismo tiempo que sobrevive al lado de su tío en Francia. He reseñado algunos otros filmes que me han parecido inspiradores en mi columna Brevespacio, el que hoy me ocupa tenía que ser abordado en este espacio porque brinda una visión tragicómica de lo que es ser un inmigrante indocumentado en París sin llegar a la crudeza y sin alcanzar la frivolidad.

La historia que se cuenta en Samba permite que un neófito capte la diferencia entre un refugiado -un inmigrante procedente de cualquiera de las naciones que están inmersas en una guerra civil-, y un migrante económico -aquel que se traslada para trabajar por necesidad de un trabajo o de mejores condiciones en el mismo-, y lo que cada uno puede obtener después de un arresto: sus documentos o  su expulsión. La película se centra en los avatares de los inmigrantes africanos pero las experiencias pueden aplicarse a los migrantes procedentes de Asia y de América Latina. Acorde con las leyes migratorias francesas, la estancia de diez años de Samba, su trabajo como lavaplatos en un restaurante y su casi desapercibida presencia en el país, le garantizarían un permiso de residencia permanente. Una falta previa, la ignorancia de la ley al no acudir a un llamado de migración y, sobre todo, la carencia de una familia propia –esposa e hijos- pueden boicotear su solicitud de residencia.

Si no ha visto la película, cuando lo haga le sugiero que preste atención a ciertos detalles que revelan la vida de cualquier indocumentado en los países receptores, llámese Estados Unidos o Unión Europea. Por ejemplo, el orden en que se ubican los trabajadores dentro del escalafón del empleador. En una de las primeras tomas del filme se da un paneo a la cocina del restaurante donde aparecen en primer lugar, los chefs y sus asistentes de tez blanca montando los platos para los comensales, una segunda sección de trabajadores blancos haciendo la preselección de la vajilla sucia y de los sobrantes, para finalizar con un grupo de africanos negros  -aquí que el término afroamericano no es de mucha utilidad- lavando los platos ya sin desperdicios.

Es en este lugar donde Samba ha trabajado los últimos años sin ningún problema, bajo la protección de un lugar de prestigio que, en apariencia, no se atrevería a contratar indocumentados. Las temidas redadas policiacas se centran en las grandes y concurridas estaciones del metro de París, en las terminales aéreas y terrestres y en el análisis psicológico de los inmigrantes por parte de la policía: ropas y actitudes pueden delatar a quienes tienen miedo de ser capturados. Es por eso que el tío le dice a Samba “cambia de ropa, tira tus viejos jeans y aparenta ser un ejecutivo con abrigo, portafolios y revista bajo el brazo”. En pocas palabras, sacúdete el miedo y asume otra personalidad, una menos indocumentada.

Otro aspecto resaltable de la película es la forma y los lugares en que habitan los inmigrantes, indocumentados o no, en la capital francesa. El costo de las rentas en París es elevadísimo y proporcional a la demanda que existe de un lugar para vivir. Los minúsculos departamentos que aparecen en el filme no forman parte de una vivienda más grande. El espacio que se ve es todo el que pueden pagar en común dos, tres, cuatro o más personas en la abigarrada ciudad luz, al igual que en otras metrópolis tan hacinadas y caras como Nueva York.

El miedo, común para cualquier indocumentado, se intensifica cuando Samba baja un escaño en su nivel de vida, desciende al infierno de los desempleados y conoce vericuetos que, tal vez, no vivió en su arribo a Francia. Reunirse en conocidas esquinas con otros desamparados que tienen que pagar su estancia en el país, además de la obligación de enviar dinero a su país de origen para la sobrevivencia de los suyos, los hace pelear y aceptar cualquier trabajo –aun sin saberlo- para ganar unos cuantos euros.

No sólo particulares contratan indocumentados, también grandes empresas que brindan seguridad en lujosos y modernos centros comerciales. Los indocumentados son mano de obra barata y desechable. En el filme se mencionan 50 euros como pago de una noche completa de vigilancia en una plaza comercial. Multiplicados por 19 pesos a la venta en los bancos de nuestro país, divididos entre los 17 pesos que cuesta el dólar y tomando en cuenta una jornada de sólo ocho horas, resultan casi 7 dólares por hora que están por abajo del salario mínimo que prevalece en la Unión Americana, aunque tampoco ahí se respete el mínimo para los indocumentados.

Por supuesto,  la película puede disfrutarse sin hacerse muchos cuestionamientos y centrando la atención en la historia de amor que parece surgir entre Samba y su coprotagonista. Mis  recomendaciones están ahí.

Anuncios

About margaritabéldam

Maestra en Ciencia Política y aprendiz de escritora.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: