Santiago Rojas

A lo largo de los diez años en que me he dedicado a dar seguimiento a la investigación que inicié sobre el tema de los migrantes mexicanos, he escuchado historias personales diversas. Algunos migrantes han accedido a contármelas con reticencia y cautela, temerosos de que su estatus de indocumentados les pueda generar algún problema. Otros han compartido entusiastas su historia a sabiendas de que su nombre no aparecería al aire o impreso o en formato digital sin su autorización. Sin embargo, jamás encontré un inmigrante más comprometido con su propia historia pasada, presente y futura que mi amigo Santiago Rojas. Desde la primera vez que lo entrevisté en vivo para la radio, entrevista que se perdió por desgracia, aceptó presentarse con su nombre real, emitió sus opiniones -que eran y siguen siendo muy críticas al gobierno mexicano- y dejó entrever parte de su vida laboral como inmigrante indocumentado para después regularizar su situación al conseguir su tarjeta de residencia, y culminar con su naturalización como ciudadano americano.

Santiago quiere sentar precedente, según me lo dijo en uno de los correos que hemos intercambiado durante los años que llevamos de conocernos, primero a través de internet y hace poco en persona, en Brooklyn. Aunque he dejado un poco de lado mi veta de entrevistadora desde que regresé a México en 2012, reflexioné que a Santiago le debía su aparición en esta columna escrita y le solicité que me contestara algunas preguntas abiertas sobre su historia migrante para permitirme ampliar lo que recordaba de él en aquella entrevista radiofónica. Podía elegir entre un seudónimo o su nombre real. “Mi nombre completo para que mi historia les sirva de ejemplo a mis paisanos mexicanos.” ¡Y vaya que Santiago tiene una historia que contar! Es tan prolijo en contar sus vivencias que tendré que usar varias entregas para compartirla. No obstante, les garantizo que será muy interesante que la lean. Salvo ligeras adaptaciones gramaticales y ortográficas, la historia que a continuación transcribo es la que Santiago escribió por sí mismo y que me autorizó a compartir con ustedes.

Llegué a Staten Island, New York, a los diecisiete años. Recuerdo muy bien que empecé a trabajar al día siguiente como lavaplatos en una pastelería italiana. Para lavar platos hay que saber y yo no sabía, me gasté todas las yemas de los dedos y cada vez que calentaba las tortillas en el comal al llegar a casa me ardían horrible y terminaba llorando. A las tres semanas de haber llegado cumplí 18 años, fue mi día de descanso y tenía gripa con una tos terrible, me pasé todo ese día llorando, prometiéndome que valdría la pena tanto dolor.

Las razones por las que me vi obligado a dejar México fueron varias, pero la más fuerte fue la terrible situación económica por la cual atravesaba mi familia. Desde niños crecimos solos con mamá, mi papá trabajaba en la Ciudad de México y lo veíamos dos veces al mes cuando iba a dejar dinero a Puebla. En San Jerónimo Xayacatlán, como en muchos lugares de México, las costumbres dictan que debe haber mayordomos para llevar a cabo las festividades de cada santo en el pueblo. Mi padre formaba parte de la Hermandad o Cofradía de San Jerónimo (el doctor de la Iglesia) que se celebra el 30 de septiembre. En esa fecha en 1993 un año antes de que terminara el régimen, el Salinato parecía fuerte y estable y mi padre decidió ser mayordomo de las festividades del año siguiente. Todo se veía prometedor y mi padre invirtió todo lo que tenía para hacer una fiesta inolvidable para el pueblo y para las arcas de la mayordomía, pero en 1994, con la entrada del nuevo presidente de la República, empezó la especulación, se desplomaron los castillos en el aire y los festejos del santo fueron un fracaso total.

Mi padre terminó endeudado con 10 mil pesos, mucho dinero en ese tiempo para un hombre que perdió el empleo después de largos años de lealtad, sin contar lo que había invertido de sus ahorros y que jamás recuperó. Desde entonces tengo muy claro que amigos verdaderos existen muy pocos, antes de ser mayordomo mi padre tenía muchos amigos, después del fracaso no le quedó ninguno. Mi padre pidió prestado para dejar las arcas sin adeudos y los “amigos” le cobraban intereses altísimos. Todo eso empezó a mermar mi rendimiento en la preparatoria y pasé de ser un excelente alumno a uno mediocre. Muchas veces tuve que mentir diciendo que mi padre no estaba en casa cuando lo buscaban los prestamistas, hasta la fecha me duele porque, aunque nuestra situación es un poco diferente ahora, a muchas familias la fe y las tradiciones las tienen hundidas en la miseria. Fue esa la razón principal por la que dije, no puedo más, ¡me voy!

Recuerdo que el 25 de septiembre de 1995 estaba en mi clase de filosofía, estaba ahí, pero ausente, ido, pensando cómo era que sólo un año atrás la vida era diferente. Se había devaluado el peso con el “error de diciembre”, mi padre estaba sin empleo y endeudado hasta el cuello. La magia del Salinato se había esfumado, eran como las seis de la tarde. Al término de la clase mi maestro de filosofía me dijo: “Quiero hablar contigo muy en serio, tú eras muy bueno pero ya no tienes nada que hacer aquí. ¿Quieres ayudar a tu padre, a tu familia? Calentando esa butaca no lo vas a lograr. Tómate una tregua, vete, busca la solución, pero no seas pendejo.

Llegué a casa a las 10:30 de la noche y les dije a mis papás: me voy porque no aguanto más esta situación y quiero ser capaz de ayudarles. Mi madre soltó el llanto porque sabía que no había marcha atrás. Creo que hasta la fecha llora porque yo le prometí que iba a ser abogado, creo que hasta la fecha llora por mi promesa rota… porque yo aún lo hago.

Mi padre me dijo que no me preocupara, que esos compromisos eran suyos y él vería cómo los resolvería. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Contacté a mi hermano Sebastián y a Luis que se encontraban en Nueva York y me dijeron ¡vente!

Continuará…

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 19 de julio de 2016

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About margaritabéldam

Maestra en Ciencia Política y aprendiz de escritora.

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