Santiago Rojas II

 

Al día siguiente fuimos a hablar con un tío lejano que había ido a mi pueblo de vacaciones y se regresaba pronto a Estados Unidos. Nos vamos el próximo sábado, dijo. La vida tiene sus coincidencias y curiosidades, era un 30 de septiembre de 1995 cuando salí de casa con una maletita colgada al hombro que contenía una muda de ropa y con una mochila invisible en la espalda llena de esperanza e ilusiones de poder llegar “al norte” para poner sobre la mesa lo que tanta falta hacía. Era el día de San Jerónimo, el patrón de mi pueblo, la misma fiesta que nos llevó a la miseria, me despedía. Me dolió mucho porque vi a muchos compañeros de clase de los cuales nunca me despedí, hoy son ingenieros o arquitectos desempleados pero profesionistas al fin.

Nunca sentí apego por mi padre, pero al despedirme de él en el aeropuerto de la Ciudad de México lo abracé con tanta fuerza que no quería soltarlo, me inundó un miedo muy fuerte porque no sabía si iba a volverlo a ver. Al final abordamos el avión que nos llevó a Hermosillo, Sonora. Ahí nos esperaba el “coyote” y durante toda la noche viajamos en una van. Al amanecer llegamos a Nogales del lado mexicano. Llegamos a una casa justo en una lomita, nos dieron desayuno y nos dijeron que teníamos unas dos horas para bañarnos y que luego cruzaríamos. Al salir al patio trasero, ahí estaba. Abajo había un barranco y enfrente estaba el muro de Berlín en el país de la Libertad.

Nos dieron la orden de que teníamos que dejar todo el dinero que trajéramos y que memorizáramos los números de nuestros familiares. Ahí quedó mi maletita con mi muda de ropa, ahí quedaba México.

Nos habían explicado que al lado de la garita de Nogales había un centro comercial y que de ahí salían autobuses, nos explicaron también que estaba como a 30 minutos y a partir de brincar el muro, teníamos diez minutos para llegar a un barranco cerca de la garita y ahí esperaríamos por el cambio de turno que nos daría un lapso de diez minutos para correr hasta el estacionamiento de donde salían los autobuses. Recuerdo que al bajar al barranco había un grupo de universitarios estudiando el subsuelo, y se mofaron de nosotros gritando ¡USA, USA, USA!

Al empezar a escalar el muro me dio mucho miedo, más bien terror. Me sentí frío, ido, como que estaba ahí y no estaba, apreté una estampa de la virgen de Guadalupe de la que mi madre es devota y los recordé a ellos, a mi familia, como si fuera una película en mi cabeza, todos pasaron por ella. En ese momento no sentía. Escalé, brinqué, corrí, me espiné y seguí corriendo hasta que el coyote dijo ¡todos al suelo! Todos al suelo y me tiré. Caí sobre una planta que parecía inofensiva pero estaba llena de espinas, me aguanté y contamos los minutos. Llegó el tiempo  del cambio de guardia en la garita y corrimos. Una avioneta rondaba sobre nuestras cabezas pero no nos detuvimos, pasamos debajo de unos alambres de púas en las inmediaciones del estacionamiento y entramos corriendo al autobús que estaba estacionado. Me da tristeza recordar las miradas de miedo hacia nosotros de unos niños “gringos” que estaban con sus padres en ese autobús. Gracias a la vida, a la esperanza, a la estampa de una virgen o a los rezos de mi madre el autobús partió y con él nosotros. ¡Estábamos en USA!

Ese autobús nos llevó hasta el Nogales americano. Llegamos a una casa donde había como 60 personas como yo. Había un problema: el papa Juan Pablo II venía a Nueva York y había seguridad extrema. Nos sacaron identificaciones de Nogales y esperamos, y esperamos. El día cuatro de octubre de 1995, el día en que el Papa llegaría al Newark Liberty International Airport, nos dijeron: Es ahora o nunca. El Papa estará hasta el 9 de octubre en Nueva York y la seguridad estará igual, no podemos esperar tanto. Por ahora buscaran terroristas y no inmigrantes, vamos a intentarlo.

Y así, con miedo llegamos al Nogales International Airport. Traté de actuar lo más natural posible, ahora me doy cuenta qué tan carente de naturalidad me vi ese día pues me veo reflejado en otros paisanos cuando están recién llegados. Salimos una madrugada del 4 de octubre y esta vez sí oré, porque por primera vez tenía sentido para mí el “ya casi”.

Finalmente dejó de ser ya casi la mañana del 4 de octubre de 1995, cuando en un taxi salimos del aeropuerto de Newark, N.J. con destino a la ciudad de Nueva York. Ese día llegaría el Papa, nosotros nos adelantamos. Siempre estaré agradecido con los “coyotes” porque a pesar de hacer algo que es ilegal, a millones de migrantes nos dan la esperanza de un futuro mejor, aunque en el trayecto se nos vaya la vida.

Continuará…

Publicado en verticediaro.com y su edición impresa el 21 de julio de 2016

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About margaritabéldam

Maestra en Ciencia Política y aprendiz de escritora.

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