Santiago Rojas III

Yo no elegí la ciudad de Nueva York, tal vez ella me eligió a mí. A decir verdad no tuve opción, lo único que buscaba era una salida, un chance para solventar los intereses de los préstamos que mi padre había adquirido por la mayordomía. Creo que mi primer reto fue el idioma. En la secundaria y la preparatoria en Puebla llevábamos inglés pero tal vez era británico porque nada que ver con el Estados Unidos. Y no sólo tuve problemas con el inglés, en la pastelería donde trabajé por primera vez sólo hablaban italiano. Cuántos gritos me llevé y mentadas en italiano, supongo. Lo que más les hartaba era que, como respuesta o como defensa, yo siempre sonreía.

También fue muy duro para mí compartir vivienda con más de 20 paisanos, muchos con malos hábitos. Había cigarros, drogas, peleas, borracheras, prostitutas. Todo eso contrastaba con la educación que yo había recibido de mi madre, una mujer con muy buenos modales. Además me asombraba cómo mis paisanos derrochaban en vicios, mientras yo sólo buscaba ahorrar un dólar para mandarlo a casa. El reto más fuerte fue sobrevivir sin documentos en un país extraño. Estar así es no existir, es duro, duele. Es admirable cómo millones de paisanos lidian con ello cada día, sólo por amor a sus familias.

Desde mi llegada a Nueva York me fijé la meta de arreglar mi situación migratoria. Tomé muchos trabajos donde me pagaban poco, pero los aceptaba bajo la promesa de que me iban a ayudar a tramitar la residencia. Promesas falsas, por supuesto. Al pasar un año los dejaba porque me daba cuenta que de que a todos les decían lo mismo y encontraba otro igual. Creo que los patrones se aprovechan de la necesidad humana, aunque nunca me llamaron wetback (espalda mojada) o cosa similar, creo que esas prácticas engañosas de algunos empleadores son discriminatorias. Finalmente en 1999 entré a trabajar en un restaurante italiano en La Pequeña Italia, ya convencido de que todos los patrones eran iguales. Ahí los empleados eran hispanos, pero no les era simpático porque siempre hablaba de justicia social, diciendo que uno no tenía por qué arrastrarse ante los patrones. Los compañeros llevaban años trabajando  ahí y me decían que cuando el jefe me hablara yo tenía que bajar la cabeza y que jamás le respondiera. Obviamente nunca agaché la cabeza y cuando creí tener la razón, así lo expuse.

Al año de trabajar ahí hablé con el dueño y pregunté por mis vacaciones y me dijo “What? Aquí no damos vacaciones.”  Me dijo que yo era un buen trabajador pero que ahí no se tomaban vacaciones, sin embargo, lo iba a valorar. Mis compañeros estaban felices, decían que por mi atrevimiento me iban a correr. Al pasar una semana, el jefe volvió y dijo: “Ok, tienes una semana de vacaciones pagadas, pero los demás están aquí desde antes que tú llegaras, así que ellos las van a tomar primero”. Al final los demás empleados fueron los primeros beneficiados, nos dieron una semana de vacaciones pagada y  las cosas empezaron a cambiar.

El gerente del restaurante italiano es mexicano, de Acapulco, Guerrero para ser exactos y me dijo “Tú que no tienes miedo, dile al dueño que te ayude a arreglar papeles, le caes bien por valiente”. Si supieran que he lidiado con el miedo, que siempre me ha invadido, pero no hay de otra más que tratar de ser fuerte y hablé con el patrón. Mis compañeros me dijeron que estaba loco, que  sólo me iban a robar, que el dueño no iba a estar de acuerdo. Al final las barreras nos las ponemos nosotros mismos y adoptamos miedos ajenos; nos conformamos con lo que hay, creemos que no merecemos nada mejor. Nos suele pasar como individuos, como grupo, en la sociedad o en el país.

Es cierto, tenía miedo pero acepté que mis miedos me iban a acompañar por el resto de mis días. El 20 de abril de 2001 me presenté en un bufete de abogados (Wilens & Baker P.C.) y los contraté para trabajar en  mi caso. Teníamos sólo unos días para armar mi expediente, estaban trabajando contra reloj en mi caso, era un gran reto para una firma tan prestigiosa en Estados Unidos. La Ley LIFE (Legal Immigration Family Equity Act Amendments) de 2000, Sección 245 (I) de Ajuste de Estatus vencía el 30 de abril de 2001. Faltaban muchos documentos por parte de mi empleador, así que se hizo lo imposible y cuatro días antes de que el término cerrara, el 26 de abril de 2001, la firma de abogados envió los documentos. Me alegré mucho cuando me notificaron que mi solicitud había sido aceptada, era un gran paso en mi camino hacia mi regularización de estatus.

Cuatro largos años de papeleo y burocracia pasaron antes de que el 31 de enero de 2005 el Departamento del Trabajo del Estado de Nueva York aprobara mi contrato de trabajo con mi empleador. Ahora sí, estaba amarrado a mi patrón y pasara lo que pasara, me tenía que aguantar y… me aguanté. Pasó otro año para que el UCSIS aprobara la residencia temporal. En  el 2007 tuve mi entrevista para la residencia permanente. Al parecer todo había marchado bien pero pasaron los meses y nunca llegó la respuesta. Llegaron los miedos de que algo estaba mal, de que, tal vez, me iban a deportar. Sabían todo de mí, tenían toda mi información. El contrato con el bufete de abogados había sido por seis mil dólares y había vencido con la entrevista para la Green Card, ahí había terminado todo. Con el temor a ser deportado, los recontraté y fueron otros mil dólares fuera de mis bolsillos, otra solicitud de residencia permanente.

Continuará…

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 22 de julio de 2016

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About margaritabéldam

Maestra en Ciencia Política y aprendiz de escritora.

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