Archivo | Uncategorized RSS for this section

Rompiendo Fronteras: Sandra Escallón, periodista colombiana en NYC

Sandra - 5 of 72Rompiendo fronteras: Sandra Escallón, periodista colombiana en NYC

A principios de agosto pasado recibí un email en el que una chica me preguntaba si podía participar con su historia de inmigrante en mi blog. Por alguna extraña razón sólo pude ver el mensaje hasta un mes después. De inmediato acepté su propuesta y me dijo que estaría una semana de viaje pero al regresar me enviaría su borrador para que yo pudiera redactar el artículo final. Por supuesto, recibir el email de una completa desconocida que reside fuera de México me llenó de orgullo, porque corrobora que mi blog y estos artículos llegan a muchos países en el mundo.

 

Leer la historia de Sandra, incluido su extenso currículum como comunicadora, renovó mi ánimo para seguir trabajando este tema en el que llevo más de una década y que comparto aquí desde hace un lustro. Durante ese tiempo, he procurado que mis invitados cuenten su historia como mejor les parezca y sólo hago ligeras correcciones; ésta no es la excepción y, aunque la historia está escrita en tercera persona, es la voz de Sandra la que ustedes percibirán a través de las siguientes líneas.

 

Sandra es una periodista colombiana, residente en Nueva York desde hace 10 años. Siempre ha tenido una pasión profunda por conocer otras culturas a través del arte pero, sobre todo, por educar y mostrar  a otros la gran riqueza artística de cada país. Desde su llegada se enfocó en cubrir eventos que resaltan la riqueza cultural, la educación y el arte, y a entrevistar a artistas que con su trabajo dan mensajes positivos y de cambio a la sociedad.

 

Para empezar a cumplir sus sueños Sandra tuvo que romper barreras como inmigrante. Oriunda de Bogotá, llegó a Estados Unidos sin dominar el idioma inglés y sin conocer a nadie. Sus primeros pasos fueron aprender inglés y empezar a conocer personas que le ayudaron a vencer miedos y a sobrepasar las inseguridades de encontrarse lejos de su hogar en una ciudad multicultural, donde cada día se celebra la diversidad de los inmigrantes.
Sandra logró graduarse de la Universidad de Montclair en Nueva Jersey como periodista, gracias a su gran esfuerzo trabajando y estudiando hasta tarde para entender muchas palabras lejanas a su idioma. Con el apoyo de sus amigos que se convirtieron en su familia en el exilio, fue confiando, poco a poco, en sus habilidades y abriendo sus ojos a nuevas oportunidades. Así es como ha logrado trabajar con publicaciones y medios de prestigio como NY1Noticias y Hola!USA, y ha entrevistado a personas influyentes y famosas y a nuevos artistas que la han llevado a ser una periodista experta en temas culturales en la ciudad de Nueva York y en Latinoamérica, donde su trabajo es reconocido en el mundo cultural y artístico.

 

A lo largo de todos estos años de inmigrante en Estados Unidos, Sandra ha trabajado como jefe de prensa y especialista en relaciones públicas para World Music Boutique Productions y ha colaborado para festivales como The Colombian Film Festival como jefe de prensa y bloguera. Algunas de las coberturas que ha realizado son el Festival de Cine Colombiano en Nueva York, el New York Fashion Week, el Afro-Latino Festiva,  el Tribeca Film festival, entre muchos más. Sus entrevistados han sido grandes artistas como Calle 13, Bomba Estéreo, Hans Zimmer, Danay Arocena, JR, entre otros. También ha sido invitada como moderadora en paneles culturales como el Latino Film Market.

 

Sandra Escallón piensa que el amor, creer en los sueños y escuchar a su corazón son las herramientas para tener su propia luz y compartirla con el mundo. Con esta intención ha decidido emprender un viaje por Latinoamérica para enriquecerse más con esta cultura y asistir a las universidades para inspirar a los jóvenes a luchar por sus sueños, mientras continúa apoyando eventos y artistas que, como ella misma, rompen fronteras con su trabajo.

https://www.sandraescallon.com

https://sandraescallonblog.wordpress.com 

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 28 de septiembre de 2017.

Anuncios

DEREK BLACK

DEREK BLACK

Sumergida durante dos tardes en el mundo de los blancos racistas, klanmen (KKK), supremacistas, nacionalistas, fascistas, nazis y neonazis con motivo de la investigación de mi artículo anterior para esta columna, encontré una historia interesantísima sobre una familia ejemplar entre estos grupos.

Don Black y su esposa Chloe tuvieron en común un hijo a finales de los ochenta al que llamaron Derek. (Noten la ironía, la familia en cuestión se apellida Negro, esa raza con la que no quieren convivir). Los padres, ambos, tienen toda la vida de militar en comunidades racistas. Ella había sido esposa de uno de los más prominentes líderes del Ku Klux Klan, David Duke quien se convertiría en el padrino de su hijo. Don, por su parte, después de ser supremacista ha suavizado su fanatismo convirtiéndolo en nacionalismo blanco –en apariencia dos conceptos distintos- y fundó uno de los sitios web más importantes sobre el tema, Stormfront.com, nombre el que mantiene al aire un programa de radio.

Derek se convirtió pronto en un proyecto político de la familia. Desde su temprana infancia acompañó a su padre a sus viajes al Deep South (Sur Profundo) en busca de lugares aislados o sólo habitados por blancos para evitar convivir con latinos y judíos que pululaban en el barrio donde vivían en una ciudad del estado de Florida. A los diez años, Derek creó su propio sitio web para pequeños como él y estuvo con su padre en el programa de radio durante casi una década. Al salir de la preparatoria, en un adelanto de lo que su futuro le deparaba, Derek se presentó a las elecciones del condado por el Partido Republicano y ganó el escaño con un 60% del voto de los blancos conservadores.

Por esa misma época decidió salir de casa para estudiar en una universidad distante a tres horas de camino. Un colegio liberal donde todos los alumnos eran un poquito raros y donde el radiante color zanahoria en su largo cabello copado con un sombrero negro texano no llamaba la atención. Derek mantuvo un perfil bajo para no descubrir sus tendencias supremacistas y empezó a convivir con aquéllos que siempre criticó pero jamás conoció antes: judíos, afroamericanos, hispanos y asiáticos. Realizó lecturas importantes y se dio cuenta de que el mundo no es como sus padres y su grupo cerrado de racistas le habían contado.

Cuando ya sus creencias flaqueaban, la comunidad estudiantil de su universidad devela su verdadera identidad y lo rechaza, aislándolo. El mundo que recién está descubriendo se vuelve hostil. No obstante, gracias a la intervención de un antiguo conocido de ascendencia judía ortodoxa, un pequeño grupo de estudiantes le abre las puertas para que se reúnan cada viernes

con el claro propósito de mostrarle que todas las razas y credos pueden convivir sin hacerse daño. Al cabo de varios meses de asistencia voluntaria, Derek, el hijo pródigo de los nacionalistas blancos, decide –sin consultar a sus padres- escribir una carta donde se deslinda de todo aquello que hizo y dijo en sus años de juventud y de infancia y pide disculpas por el daño que pudo hacer a cualquier persona.

La desilusión se apodera de su padre. Su madre y sus medias hermanas lo rechazan por su traición. Sin embargo, el joven Derek mantiene sus nuevas creencias y las ratifica en diferentes medios de comunicación de prestigio internacional como The New York Times o The Washington Post a quienes ha concedido entrevistas y donde ha firmado artículos con su nombre (Why I left White Nationalism, Por qué dejé el Nacionalismo Blanco) explicando a fondo las razones de su inesperado cambio de postura frente a la vida.

En la actualidad se encuentra estudiando una maestría sobre la Edad Media en alguna universidad y no quiere recordar su pasado, aunque su pasado lo persigue. Sigue siendo el hijo del más irredento nacionalista blanco que lucha desde sus trincheras contra “la masiva inmigración que disolverá a la raza blanca”, que no confía en el gobierno y que sigue gritando consignas pro-blancos en su programa de radio cada mañana, ahora sin la compañía de su unigénito. Parece que hay una esperanza en el estéril mundo del odio y del rechazo supremacistas.

SUPREMACISTAS O LA VICTIMIZACIÓN DEL ODIO

SUPREMACISTAS O LA VICTIMIZACIÓN DEL ODIO

Después del saldo negativo –por el ataque en auto a la marcha de contraprotesta y sus víctimas- del Rally en Charlottesville, Virginia, en Estados Unidos, los dirigentes del movimiento supremacista blanco vuelven a sus lugares de origen con ánimos renovados. Saben que es momento de aprovechar el impulso implícito que les ha proporcionado el arribo de Donald Trump a la presidencia, para desplegar sus fuerzas y acercarse a su objetivo: formar un país de raza blanca en el norte de América.

He sostenido en este espacio que el caldo de cultivo para el odio y las confrontaciones de blancos supremacistas hacia razas diferentes que ellos, inferiores desde su punto de vista, como los hispanos o afroamericanos, estaba servido para que uno de los suyos llegara a ser su presidente. No se puede negar que Trump ha consolidado una época que se augura temible por las consecuencias de los actos cada día más visibles no sólo de supremacistas sino de racistas que se han sentido menospreciados durante varias décadas en las cuales tenían que esconderse para expresar sus verdaderos sentimientos. Hoy han saltado a la vida pública con el enojo que habían condensado tras años de disimulo. Desde luego que el racismo, el nazismo y las tendencias fascistas y nacionalistas no son nuevas. Existen teorías que los justifican, en las cuales se asientan sus ideologías y movimientos, pero esta época de tecnología de punta permite compartir toda clase de material gráfico, de audio y de video a través de la red para la rápida expansión de sus ideas.

La página de Identity Europa –una organización de supremacistas descendientes de europeos radicada en Estados Unidos- es un ejemplo claro de cómo están usando internet para hacerse publicidad y lograr adeptos. La bienvenida la da un manifesto en donde se declara que su libertad de expresión ha sido coartada en la última semana desde el Rally en Charlottesville. Lamentan que varias plataformas en la red han cancelado o suspendido sus cuentas y la de otras organizaciones pro-Blancos. Se declaran víctimas de un sistema anti-Blancos y de intereses políticos que tratan de acallar su odio hacia los inferiores. Apelan a sus derechos civiles y demeritan el derecho legal que las compañías propietarias de las plataformas tienen para impedir que sus sitios sean utilizados para difundir contenido violento, denigrante o racista y, en un apartado denominado Censura, presentan un muro de la vergüenza que contiene los nombres de las compañías de internet que los han censurado por la violencia de sus materiales, como Facebook, Amazon, Twitter, Instagram, YouTube y Spotify por citar las más populares.

Una parte muy importante es la sistematización de su ideología, con una biblioteca integrada por una treintena de links hacia textos que apuntalan la idea de que los blancos son mejores. En el rubro de Educación encontré 20 páginas con el nombre de “El color del crimen” de E. Rubenstein, edición revisada de 2016, inundadas de cifras, gráficos y cuadros que “demuestran” entre otras falacias que “si la Ciudad de Nueva York fuera totalmente blanca, la tasa de asesinatos caería en un 91%, los robos en un 81% y la tasa de tiroteos en 97%”, porque “los afroamericanos son proclives a la violencia en una proporción de hasta 31 veces más que los blancos, mientras los hispanos poseen una tasa de probabilidad de ser arrestados por violencia de 12.4 frente a los de raza blanca”.

Copio parte de su descripción de quiénes son “Somos una generación –muy joven, debo anotar, según la foto que acompaña el texto- de europeos despiertos que han descubierto que somos parte de grandes pueblos, de la historia y de la civilización del continente europeo. Nos oponemos a aquellos que difaman nuestra historia y nuestra rica historia cultural. En una época en donde otros pueblos están asegurando su identidad, no tendremos oportunidad de resistir a nuestra desposesión.” La organización se asume como víctima de un sistema que los rechaza y los despoja de su derecho a reivindicar su herencia racista, una discriminación positiva donde no se les permite odiar a su antojo y eliminar al objeto de su odio. Olvidan que ellos han sido los ejecutores en los eventos más sangrientos de la historia, jamás las víctimas. El escenario norteamericano está puesto para que sus reivindicaciones encuentren eco.

Publicado en verticediario.com y su versión impresa el 23 de agosto de 2017.

LA FRANCIA DE EMMANUEL Y BRIGITTE MACRON

LA FRANCIA DE EMMANUEL Y BRIGITTE MACRON

El domingo pasado tuvo lugar la segunda vuelta en las elecciones francesas y Emmanuel Macron de tendencias centristas venció con holgura a Marine Le Pen, quien representa a la más extrema derecha europea.

-Felicitaciones, querida amiga, porque ganó Francia y perdió Le Pen.- Le escribí a Adriana, francesa avecindada en nuestro país desde hace unos años. –Gracias, es cierto que felizmente Le Pen perdió, pero no sé si Francia ha ganado mucho con Macron.- Me contestó triste.

Esa es la sensación del elector común en casi todo el mundo cuando tiene que preferir la opción menos dañina para su país y para su propio futuro. El resurgimiento en política de las extremas derechas en Europa preocupa a los analistas porque va creando un clima de confrontación, avivado por la crisis económica, por las diferencias culturales y por la falta de integración religiosa.

Hay un aspecto del triunfo de Macron en el que deseo enfocarme esta vez porque creo que influyó en su triunfo rotundo: la percepción de seguridad que la ciudadanía puede tener de él al presentarse a sí mismo como un hombre fiel y apegado a su mujer, es decir un hombre con principios y comprometido con la familia, igual que el antiguo presidente de Estados Unidos Barack Obama.

Durante dos periodos, ocho años en total, pudimos atestiguar la excelente relación que Barack y Michelle mantenían, y no fue por casualidad, sus asesores se encargaron de que no olvidáramos la importancia de la familia para el expresidente, ni el poder y la preparación de su esposa. El interés  de la ciudadanía fue alimentado de forma constante por sus apariciones públicas, medidas y controladas, para favorecer a la presidencia. La presencia física y el carisma de Barack fue determinante en las elecciones. Muchas mujeres soñaban con él –a pesar o por ser afroamericano- y con la posibilidad de encontrar un hombre semejante en sus vidas.

La historia de amor se repite en el caso de Emmanuel Macron, con un toque maravilloso. Él y su esposa Brigitte han protagonizado a lo largo de dos décadas y media, una relación pocas veces vista en la vida real. Es un cuento de hadas, una novela romántica. Se conocieron cuando él tenía 15 años y ella más de treinta; él su alumno de literatura francesa y ella casada con tres hijos, se enamoraron bajo el influjo de sus intereses comunes, los libros y el teatro. La prohibición de continuar juntos encendió aún más la flama de la pasión en el corazón de Emmanuel, cuando al ser desterrado a París prometió volver por Brigitte y desposarla.

El joven y guapo galán cumplió su promesa y la ha mantenido a pesar de que el paso del tiempo ha mermado el cuerpo de ella quien, se nota, ha recurrido coquetamente a las cirugías para continuar a su lado. Quienes crean que él se aferró a ella por dinero están equivocados, porque ambos provienen de familias de provincia pero de abolengo, que compiten a la par en riquezas y la pareja no es pobre, en realidad representa a la burguesía francesa.

¿Qué electora, ante la presencia y carisma de Macron aunado a su compromiso con su esposa, se resistiría a ir a las urnas y votar por él, soñando con un amor así para sí misma? ¿Qué elector puede reclamarle que no se compromete con una causa, si sus 39 años están marcados por el compromiso y la fidelidad? Dejando de lado mis sospechas de que tampoco Francia está preparada para recibir a una mujer en la presidencia, Marine Le Pen tenía poca oportunidad de ganarle a los Obama franceses. Tendremos cinco años para seguir al pendiente de la novela. ¡Vive La France amoureuse!

Día de inauguración

DÍA DE INAUGURACIÓN

Con un índice de aprobación entre el pueblo norteamericano del 45% -Barack Obama obtuvo más de 70%- inicia el primer periodo de Donald J. Trump como presidente de Estados Unidos de América. El viernes 20 de enero, seguí en vivo la inauguración con la secreta esperanza de que algo impidiera que Trump jurara como mandatario. Ningún complot al estilo Hollywood apareció por ningún lado y sólo restaba atestiguar el primer día de resistencia por parte de las organizaciones sociales que se manifestaron en las calles del centro de la ciudad de Washington. Las calles de la capital se convirtieron en campo de batalla entre los manifestantes y la policía. Se podían ver a los agentes del orden con todos sus implementos de resguardo y de ataque arremetiendo contra los grupos de ciudadanos desarmados. Las revueltas fueron acalladas con bombas de gases lacrimógenos, con golpes y resultaron con el arresto de decenas de manifestantes.

¿Cuánto pueden haberse equivocado las masas, que permitieron que ganara alguien indeseable? ¿O cuánto falló Barack Obama para que Clinton, su sucesora, no pudiera continuar su legado demócrata? ¿O cuánto invirtieron los grupos conservadores y los súper-ricos para lograr que uno de ellos, el más irreverente, pudiera llegar a la presidencia? ¿Dónde están ubicados esos caballeros de las inmensas fortunas que mueven al mundo en el podio donde Donald Trump está tomando protesta con su mano sobre la biblia sostenida por Melanie? Los multimillonarios no necesitan mostrarse, como no lo han hecho antes, salvo contadas excepciones. Su trabajo de cuatro décadas previas está culminado hoy: el poder del dinero por encima de todo. La toma de protesta es el homenaje que rinde Trump a los inversionistas, a los que nunca pierden, a los que, como él, están exentos de impuestos porque esos están pensados para las mayorías.

Los hilos que mueven el mundo de la política no son sólo políticos, son esencialmente económicos en el día de inauguración 2017. Tal vez los manifestantes creen que se trata de participar, de sublevarse, de rebelarse. Por supuesto las protestas no sobran y serán bienvenidas a lo largo de estos años, pero el lazo se ha cerrado alrededor de nuestros cuellos y las mayorías lo ignoramos. La maquinaria para transformar nuestras idiosincrasias, para alterar nuestras percepciones del mundo adaptándolas a los intereses de quienes poseen miles de millones, ha estado trabajando desde tiempo atrás, callada y constante no sólo en Estados Unidos sino en el mundo, sin que nos demos cuenta, sin que podamos evitarlo.

El sábado 21 de enero las mujeres son quienes dan la nota en contra del gobierno de Donald Trump en The Women’s March. Uno de los grupos más vulnerados, el más vulnerable, se ha

congregado en Washington al llamado de representantes reconocidas en varios ámbitos. Hay feministas consagradas como Gloria Steinem, actrices como América Ferrara y Scarlett Johansson y mujeres de a pie llamando a sus congéneres a no desfallecer, a mantenerse activas frente a quien las ha abusado con sus palabras y con sus hechos y que avasallará sus escasos derechos desde la presidencia. Los discursos son apasionados y ardientes en esa mañana fría copada de gorros color rosa mexicano, los “pussyhats”. Las frases son contundentes: “Ni Trump ni el gobierno son Estados Unidos, nosotros somos Estados Unidos y estamos aquí para quedarnos”.

Primero y segundo días de protestas, de lucha, de resistencia al regreso triunfal del partido republicano al gobierno federal norteamericano con mayorías en el Congreso y en el Senado listas para revertir todo lo favorable a los que menos tienen, para derogar las leyes destinadas a proteger los derechos de las minorías y para adaptar por completo la maquinaria gubernamental a los intereses de los pocos, del .01% que posee billones de dólares. Todo está preparado para que las élites plutócratas gobiernen sin caretas porque uno de ellos está al mando del país, respaldado por opulentas fortunas nunca antes más satisfechas ni mejor representadas. ¡Salve, César!

El ocaso de la República

El ocaso de la república

Leo regularmente a Paul Krugman, el editorialista del diario norteamericano New York Times ganador del Premio Nobel de Economía en 2008. Me parece que su opinión sobre los acontecimientos económicos y políticos, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo, es una voz digna de ser escuchada. Krugman es un profesor de economía de Princeton convertido en columnista con tendencias demócratas. Su mayor cualidad es, creo, su independencia que lo diferencia de otros periodistas quienes se involucran tanto en el medio político para conseguir información de los actores en las diversas esferas de la política norteamericana que terminan por depender en forma total de lo ellos puedan brindarles y son corrompidos. Krugman no está exento pero, como académico, en apariencia ha podido mantenerse al margen de los vaivenes a que son sometidos los editorialistas vulnerables a la retención de información por parte de sus fuentes.

Tengo que admitir que el editorial de que trata esta columna How republics end apareció en inglés desde diciembre 19  y no lo leí en su idioma original sino hasta ayer que el NYT posteó la versión en español El fin de las repúblicas. Me sumergí en la lectura del análisis que Krugman hace de la situación política que prevalece en Estados Unidos y en el mundo a partir del triunfo del presidente electo Donald Trump. Al igual que yo lo hice en los días inmediatos posteriores a la elección, Krugman escribe sobre el deterioro de la sociedad y de la democracia norteamericana como la causa y no el efecto del triunfo de Trump. La pérdida de valores fundamentales entre los grupos políticos está llevando a la democracia norteamericana a un punto de derrumbamiento que Krugman equipara con el colapso de la República romana.

En Roma, la ambición por el poder sometía a los gobernantes a una competencia feroz pero jamás dejaron de lado el principio básico de mantener el bien de la república por encima de todo. La derrota política o la decepción personal ante los sucesos políticos nunca fue pretexto para que algún romano en las esferas de poder llamara a una potencia extranjera. Roma era para y de los romanos.

La editorial del NYT del 19 de diciembre, en cambio, expresa dos puntos importantes para la política mundial en tanto que Estados Unidos continua siendo la potencia hegemónica. El primero, la intrusión de Rusia en asuntos previos a y en la propia elección norteamericana, a petición del presidente electo con la aprobación tácita de su partido, el republicano. ¿Cuán grave puede ser la transformación de la situación política norteamericana para que uno de los candidatos a presidente llame a Rusia su antiguo gran rival -gobernado por un líder nefasto que repuntó su popularidad gracias a ello- para calumniar a su oponente y para intervenir en las elecciones?

El segundo punto es el pronóstico del fin de la democracia estadunidense como se le ha conocido durante la segunda parte del siglo XX y principios de éste para dar paso a una república fascista con fachada democrática donde un solo partido, el republicano, llevará la batuta. “…Un Estado que mantiene la ficción de la democracia, pero que ha manipulado de tal manera el juego que el bando contrario nunca pueda ganar”.

Krugman brinda el ejemplo de Carolina del Norte donde, además de presidente de Estados Unidos, se eligió al gobernador del estado en noviembre pasado. El candidato demócrata Roy Cooper venció por apenas 10,300 votos o el 0.2% de la votación al candidato republicano Pat McCrory. En un estado controlado a todos los niveles por el partido conservador, que además fungió como determinante en el triunfo de Trump a nivel nacional, la derrota de su candidato es un fracaso estrepitoso que no iban a dejar pasar fácilmente. Si bien no pudieron anular la elección, en arreglos de última hora el gobernador saliente respaldado por los legisladores firmó una serie de leyes que socavan el poder del nuevo gobernador Cooper, y con ello se aseguró “de que la voluntad de los votantes no importara en realidad”. El bien común de la República sometido a las reacciones viscerales de los hombres en el poder.

TRUMP ES LA CONSECUENCIA, NO EL ORIGEN

TRUMP ES LA CONSECUENCIA, NO EL ORIGEN

Las secuelas del triunfo de Donald Trump en las elecciones, se están viviendo en Estados Unidos. Ataques racistas, xenófobos, misóginos, antimusulmanes,  antigay y antiinmigrantes se están reportando en varias entidades. No importa que el presidente electo haya llamado a la unidad post-electoral.

Sus correligionarios –quienes comparten su ideal de una América blanca y conservadora- creen que ahora tienen el respaldo del titular del ejecutivo, de la estructura gubernamental que entrará en funciones el 20 de enero próximo y el de una imaginaria mayoría que votó por el partido republicano.

Me refiero a una mayoría imaginaria porque el sistema electoral norteamericano funciona a nivel estatal de acuerdo al voto popular, es decir, una persona equivale a un voto, pero en segunda instancia –a nivel federal- los votos totales de cada entidad se transforman en la cantidad de votos electorales asignada a cada estado acorde a su población, y se otorgan al ganador.

California, uno de los estados con mayor nivel poblacional, representa 55 votos del colegio electoral. El voto popular que obtuvo Clinton fue de más de cinco millones contra los menos de tres que logró Trump. La diferencia fue de millones a favor de la demócrata quien ganó los 55 lo que había sido augurado en los sondeos porque el estado es azul, prodemócrata. Por el contrario, un estado rojo pro-republicano como Texas le otorgó 38 puntos a Trump.

Aunque son once estados de batalla o columpio –aquellos que van y vienen con cada elección- Colorado, Florida, Iowa, Michigan, Minnesota, Ohio, Nevada, New Hampshire, Carolina del Norte, Pennsylvania, Virginia y Wisconsin, en esta ocasión parecía que sólo cinco la definirían. El resto estaban  seguros en apariencia, con 270 votos para Clinton y muchos menos para Trump. El conteo final declaró 290 votos electorales para el presidente electo y 228 para la secretaria de estado. Por el contrario el voto popular fue de 60,966,953 votos (47.8%) para la excandidata y 60,328,203 votos (47.3%) para el republicano.

Con esas últimas cifras en mente, los ciudadanos están protestando porque las mayorías ciudadanas no están representadas por Trump ya que este sistema electoral es obsoleto, no apto para situaciones actuales, según algunos analistas. Con el lema #Nomipresidente o #nomypresident, varios grupos de protesta exigen al colegio electoral que eche abajo la elección ciudadana y declare a Clinton la presidenta electa. O bien, como solicitan otros, que los consejeros demócratas se rebelen al mandato de emitir un voto conjunto por Trump en algún estado y lo hagan a favor de Clinton. Esta última opción se ve lejana debido al amplio margen de votos electorales entre los dos contendientes, hay más de 60 votos electorales de diferencia, lo cual significaría que la misma cantidad de representantes tendría que modificar su voto –en un acto de desobediencia a su mandato- para lograr revertir los resultados.

El problema no radica en echar abajo una elección que, debemos recordar, fue objetada por el ahora presidente electo por supuestamente estar amañada a favor de la candidata del partido en el gobierno y que ahora es él quien desea que sea declarada legal porque le es favorable. No nos ocuparemos de los errores de la secretaria de estado sino de los aciertos de Trump o de las circunstancias que lo llevaron a ganar  a pesar de enfrentarse al partido en el poder y a una experta política y mejor recaudadora de fondos.

Los tres puntos en contra de Trump, la supuesta elección amañada por ser su oponente la candidata del partido en el poder y ser el opositor inexperto –mas no su partido- no impidieron que el candidato republicano ganara porque los votantes percibieron a alguien capaz de expresar lo que subyace en el subconsciente del ciudadano promedio norteamericano: que la crisis que los ha empobrecido a lo largo de ocho años se debe a la tolerancia hacia la inmigración indocumentada –sobre todo latina y mexicana en particular-, al apoyo que reciben las clases más desprotegidas entre las que se cuentan los afroamericanos con sus cheques de beneficencia pública, al aumento de los derechos de los grupos homosexuales y a la convivencia con musulmanes, quienes son todos terroristas en teoría.

Esta visión de los problemas de Estados Unidos no tiene su origen en la aparición de Donald Trump como candidato o precandidato, al contrario, la incursión del empresario en política es más bien consecuencia de lo que ya se había gestado en la sociedad. Un candidato como él logra culminar una campaña exitosa porque la mesa está puesta para el triunfo. Sólo requería solicitar lo deseado en el tono adecuado para los oídos de sus simpatizantes.

Si nos atenemos a lo que dice el politólogo norteamericano de izquierda Noam Chomsky, lo que influyó más en la elección para que Trump sea el vencedor es el sentido de desesperanza que priva en la sociedad norteamericana debido al sistema neoliberalista que ha venido funcionando a lo largo de décadas y que ha dejado a las personas desamparadas, aisladas, con miedo y con la sensación de ser víctimas de   una situación fuera de su alcance. El martes 8 de noviembre las mayorías pudieron participar para corregir lo que creen que está mal en su país y así lo hicieron. Como lo decía desde el título de la presente columna: Trump es la consecuencia, no el origen de los problemas de la sociedad norteamericana.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 16 de noviembre de2016.