SANTIAGO ROJAS. IV

SANTIAGO ROJAS. IV

Me llegó la notificación de que tenía la entrevista para la residencia permanente el 10 de marzo del 2008 y se hicieron más fuertes los  miedos. Cambié muchas cosas materiales a casa de mis familiares en caso de que fuera deportado, de que todo el sacrificio que había hecho no sirviera de nada. Me rondaban pensamientos negativos: qué iba a hacer en México sin una profesión, sería una derrota, un fracaso para mí. Pensé seriamente en no presentarme a la entrevista.

Mis temores eran fundados porque en el 2004 fui arrestado cuando había salido de fiesta con unos amigos y estaba muy borracho. Me perdí al salir del club y en mi búsqueda del camino de regreso a casa me encontré una patrulla de la policía, me acerqué a pedir ayuda y en mi borrachera no me di cuenta de que golpeé muy fuerte la ventanilla del auto. Los policías se bajaron, dijeron que estaba muy alterado, quisieron arrestarme y me resistí, me llevaron al precinto y de ahí al centro de procesamiento. Salí tres días después. Al juez le hizo mucha gracia que me hubieran arrestado porque me acerqué a pedir ayuda y sin querer me vi agresivo. Me dijo: “Hijo, vete a casa, a todos nos pasó alguna vez”. Sin embargo, el record (los antecedentes penales) se quedaba para siempre.

Parte de la vida es vencer obstáculos y miedos internos. Me presenté a la entrevista y ese mismo día me convertí en Residente Permanente de los Estados Unidos, no sin antes mencionarle a la Oficial de Inmigración (una señora como de 60 años) que había sido arrestado en el pasado por conducta desordenada. Le expliqué cómo sucedieron las cosas y me dijo: “Hijo, eres un buen hombre, así lo demuestran estos documentos. Equivocarse es parte del aprendizaje en la vida, tengo hijos y nietos que han vivido lo mismo que tú. Sigue adelante”. Me estampó el pasaporte con un sello provisional. No había estado tan feliz en mucho tiempo. El 23 de marzo de 2008 recibí mi tarjeta de Residencia Permanente. Me había jurado no volver a México si no arreglaba mi estatus migratorio… era tiempo de volver a casa.

Volví donde mi madre un 29 de abril de 2008, trece años después de mi partida. Lloré como un niño y me aferré tan fuerte como la vez que partí. Tuve la fortuna de estar el día de las madres con ella. Me sentía realizado al estar de regreso, sin deudas. Era una gran satisfacción. Mi plan era aplicar para ciudadano tan pronto pasaran los cinco años mandatorios de residencia para hacerse ciudadano, sin embargo, no se dieron así las cosas. Viajé un poco, fui a la tierra de Neruda y Allende y después pasaron los años. Tuvo que aparecer una tabasqueña linda –otra vez, el amor es el que me mueve- para que yo decidiera meter mi solicitud para la ciudadanía norteamericana. Pero ahora quería hacerlo yo solo sin la ayuda de un bufete de abogados. Ya no sentía el miedo de antes porque ahora era residente. Familiares y conocidos me decían que no lo hiciera, que me iba a equivocar, que de esas cosas no sabemos nosotros y que la iba a regar. Pero soy muy necio, insistí que no soy ningún tonto y que yo también puedo hacer las cosas y lo hice.

El 20 de diciembre de 2014 me dirigí a la oficina de correos -a cuatro cuadras de la casa- para enviar el money order de 700 dólares de la aplicación. Los perdí en el camino. En ese corto tramo perdí todo y muchas personas que me habían desalentado a realizar yo mismo el trámite de ciudadanía me repitieron que era una señal para que no lo hiciera. Yo me dije que eran los honorarios de los abogados que no había querido pagar y volví a comprar otro money order, lo envié y me fui de vacaciones donde mi tabasqueña linda por dos meses.

El 6 de enero de 2015 me avisa mi hermana que tengo notificación para presentarme el 16 de enero en las oficinas de inmigración para la toma de huellas. Se reprogramó la cita para el 19 de febrero por mi estancia en México y el primero de abril me llega la notificación para la entrevista el 17 del mismo mes. Me sentía listo. Había estudiado muy bien las preguntas de la entrevista. Los miedos se habían quedado atrás. El día de la entrevista llegó, me sentí muy cómodo y todo salió como pensé. El oficial me felicitó por mi buen inglés y por la confianza que tuve durante el examen. Salí feliz del Federal Plaza. Sólo faltaba la Juramentación y  mi Certificado de Naturalización.

El día 20 de mayo de 2015 se llegó la ansiada fecha de Ceremonia de Naturalización. A pesar de que era un día importante para mí, me sentía triste porque estaba solo, porque no tenía a mi madre ni a mi padre a mi lado para que vieran lo que estaba logrando. Tampoco estaba mi tabasqueña por quien, en el nombre del amor, me hice ciudadano.

Son sentimientos encontrados, porque con los Estados Unidos estaré siempre agradecido por darme la oportunidad de aligerar las necesidades de mis seres queridos que quedaron en México. “Si no fuera por México y por mis padres no estaría aquí” pensaba durante la Juramentación. Juré defender incluso con mi vida a mi nuevo país, juré no tenerle lealtad a otro país que no fuera Estados Unidos. Creo que al convertirme en ciudadano sacrifiqué parte de mi identidad, de mi pasado, sacrifiqué a mis abuelos y tatarabuelos, a mis viejitos. Son sentimientos encontrados porque me duele mucho lo que pasa en México y  nunca dejaré de ser mexicano.

Continuará…

 

Santiago Rojas III

Yo no elegí la ciudad de Nueva York, tal vez ella me eligió a mí. A decir verdad no tuve opción, lo único que buscaba era una salida, un chance para solventar los intereses de los préstamos que mi padre había adquirido por la mayordomía. Creo que mi primer reto fue el idioma. En la secundaria y la preparatoria en Puebla llevábamos inglés pero tal vez era británico porque nada que ver con el Estados Unidos. Y no sólo tuve problemas con el inglés, en la pastelería donde trabajé por primera vez sólo hablaban italiano. Cuántos gritos me llevé y mentadas en italiano, supongo. Lo que más les hartaba era que, como respuesta o como defensa, yo siempre sonreía.

También fue muy duro para mí compartir vivienda con más de 20 paisanos, muchos con malos hábitos. Había cigarros, drogas, peleas, borracheras, prostitutas. Todo eso contrastaba con la educación que yo había recibido de mi madre, una mujer con muy buenos modales. Además me asombraba cómo mis paisanos derrochaban en vicios, mientras yo sólo buscaba ahorrar un dólar para mandarlo a casa. El reto más fuerte fue sobrevivir sin documentos en un país extraño. Estar así es no existir, es duro, duele. Es admirable cómo millones de paisanos lidian con ello cada día, sólo por amor a sus familias.

Desde mi llegada a Nueva York me fijé la meta de arreglar mi situación migratoria. Tomé muchos trabajos donde me pagaban poco, pero los aceptaba bajo la promesa de que me iban a ayudar a tramitar la residencia. Promesas falsas, por supuesto. Al pasar un año los dejaba porque me daba cuenta que de que a todos les decían lo mismo y encontraba otro igual. Creo que los patrones se aprovechan de la necesidad humana, aunque nunca me llamaron wetback (espalda mojada) o cosa similar, creo que esas prácticas engañosas de algunos empleadores son discriminatorias. Finalmente en 1999 entré a trabajar en un restaurante italiano en La Pequeña Italia, ya convencido de que todos los patrones eran iguales. Ahí los empleados eran hispanos, pero no les era simpático porque siempre hablaba de justicia social, diciendo que uno no tenía por qué arrastrarse ante los patrones. Los compañeros llevaban años trabajando  ahí y me decían que cuando el jefe me hablara yo tenía que bajar la cabeza y que jamás le respondiera. Obviamente nunca agaché la cabeza y cuando creí tener la razón, así lo expuse.

Al año de trabajar ahí hablé con el dueño y pregunté por mis vacaciones y me dijo “What? Aquí no damos vacaciones.”  Me dijo que yo era un buen trabajador pero que ahí no se tomaban vacaciones, sin embargo, lo iba a valorar. Mis compañeros estaban felices, decían que por mi atrevimiento me iban a correr. Al pasar una semana, el jefe volvió y dijo: “Ok, tienes una semana de vacaciones pagadas, pero los demás están aquí desde antes que tú llegaras, así que ellos las van a tomar primero”. Al final los demás empleados fueron los primeros beneficiados, nos dieron una semana de vacaciones pagada y  las cosas empezaron a cambiar.

El gerente del restaurante italiano es mexicano, de Acapulco, Guerrero para ser exactos y me dijo “Tú que no tienes miedo, dile al dueño que te ayude a arreglar papeles, le caes bien por valiente”. Si supieran que he lidiado con el miedo, que siempre me ha invadido, pero no hay de otra más que tratar de ser fuerte y hablé con el patrón. Mis compañeros me dijeron que estaba loco, que  sólo me iban a robar, que el dueño no iba a estar de acuerdo. Al final las barreras nos las ponemos nosotros mismos y adoptamos miedos ajenos; nos conformamos con lo que hay, creemos que no merecemos nada mejor. Nos suele pasar como individuos, como grupo, en la sociedad o en el país.

Es cierto, tenía miedo pero acepté que mis miedos me iban a acompañar por el resto de mis días. El 20 de abril de 2001 me presenté en un bufete de abogados (Wilens & Baker P.C.) y los contraté para trabajar en  mi caso. Teníamos sólo unos días para armar mi expediente, estaban trabajando contra reloj en mi caso, era un gran reto para una firma tan prestigiosa en Estados Unidos. La Ley LIFE (Legal Immigration Family Equity Act Amendments) de 2000, Sección 245 (I) de Ajuste de Estatus vencía el 30 de abril de 2001. Faltaban muchos documentos por parte de mi empleador, así que se hizo lo imposible y cuatro días antes de que el término cerrara, el 26 de abril de 2001, la firma de abogados envió los documentos. Me alegré mucho cuando me notificaron que mi solicitud había sido aceptada, era un gran paso en mi camino hacia mi regularización de estatus.

Cuatro largos años de papeleo y burocracia pasaron antes de que el 31 de enero de 2005 el Departamento del Trabajo del Estado de Nueva York aprobara mi contrato de trabajo con mi empleador. Ahora sí, estaba amarrado a mi patrón y pasara lo que pasara, me tenía que aguantar y… me aguanté. Pasó otro año para que el UCSIS aprobara la residencia temporal. En  el 2007 tuve mi entrevista para la residencia permanente. Al parecer todo había marchado bien pero pasaron los meses y nunca llegó la respuesta. Llegaron los miedos de que algo estaba mal, de que, tal vez, me iban a deportar. Sabían todo de mí, tenían toda mi información. El contrato con el bufete de abogados había sido por seis mil dólares y había vencido con la entrevista para la Green Card, ahí había terminado todo. Con el temor a ser deportado, los recontraté y fueron otros mil dólares fuera de mis bolsillos, otra solicitud de residencia permanente.

Continuará…

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 22 de julio de 2016

Santiago Rojas II

 

Al día siguiente fuimos a hablar con un tío lejano que había ido a mi pueblo de vacaciones y se regresaba pronto a Estados Unidos. Nos vamos el próximo sábado, dijo. La vida tiene sus coincidencias y curiosidades, era un 30 de septiembre de 1995 cuando salí de casa con una maletita colgada al hombro que contenía una muda de ropa y con una mochila invisible en la espalda llena de esperanza e ilusiones de poder llegar “al norte” para poner sobre la mesa lo que tanta falta hacía. Era el día de San Jerónimo, el patrón de mi pueblo, la misma fiesta que nos llevó a la miseria, me despedía. Me dolió mucho porque vi a muchos compañeros de clase de los cuales nunca me despedí, hoy son ingenieros o arquitectos desempleados pero profesionistas al fin.

Nunca sentí apego por mi padre, pero al despedirme de él en el aeropuerto de la Ciudad de México lo abracé con tanta fuerza que no quería soltarlo, me inundó un miedo muy fuerte porque no sabía si iba a volverlo a ver. Al final abordamos el avión que nos llevó a Hermosillo, Sonora. Ahí nos esperaba el “coyote” y durante toda la noche viajamos en una van. Al amanecer llegamos a Nogales del lado mexicano. Llegamos a una casa justo en una lomita, nos dieron desayuno y nos dijeron que teníamos unas dos horas para bañarnos y que luego cruzaríamos. Al salir al patio trasero, ahí estaba. Abajo había un barranco y enfrente estaba el muro de Berlín en el país de la Libertad.

Nos dieron la orden de que teníamos que dejar todo el dinero que trajéramos y que memorizáramos los números de nuestros familiares. Ahí quedó mi maletita con mi muda de ropa, ahí quedaba México.

Nos habían explicado que al lado de la garita de Nogales había un centro comercial y que de ahí salían autobuses, nos explicaron también que estaba como a 30 minutos y a partir de brincar el muro, teníamos diez minutos para llegar a un barranco cerca de la garita y ahí esperaríamos por el cambio de turno que nos daría un lapso de diez minutos para correr hasta el estacionamiento de donde salían los autobuses. Recuerdo que al bajar al barranco había un grupo de universitarios estudiando el subsuelo, y se mofaron de nosotros gritando ¡USA, USA, USA!

Al empezar a escalar el muro me dio mucho miedo, más bien terror. Me sentí frío, ido, como que estaba ahí y no estaba, apreté una estampa de la virgen de Guadalupe de la que mi madre es devota y los recordé a ellos, a mi familia, como si fuera una película en mi cabeza, todos pasaron por ella. En ese momento no sentía. Escalé, brinqué, corrí, me espiné y seguí corriendo hasta que el coyote dijo ¡todos al suelo! Todos al suelo y me tiré. Caí sobre una planta que parecía inofensiva pero estaba llena de espinas, me aguanté y contamos los minutos. Llegó el tiempo  del cambio de guardia en la garita y corrimos. Una avioneta rondaba sobre nuestras cabezas pero no nos detuvimos, pasamos debajo de unos alambres de púas en las inmediaciones del estacionamiento y entramos corriendo al autobús que estaba estacionado. Me da tristeza recordar las miradas de miedo hacia nosotros de unos niños “gringos” que estaban con sus padres en ese autobús. Gracias a la vida, a la esperanza, a la estampa de una virgen o a los rezos de mi madre el autobús partió y con él nosotros. ¡Estábamos en USA!

Ese autobús nos llevó hasta el Nogales americano. Llegamos a una casa donde había como 60 personas como yo. Había un problema: el papa Juan Pablo II venía a Nueva York y había seguridad extrema. Nos sacaron identificaciones de Nogales y esperamos, y esperamos. El día cuatro de octubre de 1995, el día en que el Papa llegaría al Newark Liberty International Airport, nos dijeron: Es ahora o nunca. El Papa estará hasta el 9 de octubre en Nueva York y la seguridad estará igual, no podemos esperar tanto. Por ahora buscaran terroristas y no inmigrantes, vamos a intentarlo.

Y así, con miedo llegamos al Nogales International Airport. Traté de actuar lo más natural posible, ahora me doy cuenta qué tan carente de naturalidad me vi ese día pues me veo reflejado en otros paisanos cuando están recién llegados. Salimos una madrugada del 4 de octubre y esta vez sí oré, porque por primera vez tenía sentido para mí el “ya casi”.

Finalmente dejó de ser ya casi la mañana del 4 de octubre de 1995, cuando en un taxi salimos del aeropuerto de Newark, N.J. con destino a la ciudad de Nueva York. Ese día llegaría el Papa, nosotros nos adelantamos. Siempre estaré agradecido con los “coyotes” porque a pesar de hacer algo que es ilegal, a millones de migrantes nos dan la esperanza de un futuro mejor, aunque en el trayecto se nos vaya la vida.

Continuará…

Publicado en verticediaro.com y su edición impresa el 21 de julio de 2016

Santiago Rojas

A lo largo de los diez años en que me he dedicado a dar seguimiento a la investigación que inicié sobre el tema de los migrantes mexicanos, he escuchado historias personales diversas. Algunos migrantes han accedido a contármelas con reticencia y cautela, temerosos de que su estatus de indocumentados les pueda generar algún problema. Otros han compartido entusiastas su historia a sabiendas de que su nombre no aparecería al aire o impreso o en formato digital sin su autorización. Sin embargo, jamás encontré un inmigrante más comprometido con su propia historia pasada, presente y futura que mi amigo Santiago Rojas. Desde la primera vez que lo entrevisté en vivo para la radio, entrevista que se perdió por desgracia, aceptó presentarse con su nombre real, emitió sus opiniones -que eran y siguen siendo muy críticas al gobierno mexicano- y dejó entrever parte de su vida laboral como inmigrante indocumentado para después regularizar su situación al conseguir su tarjeta de residencia, y culminar con su naturalización como ciudadano americano.

Santiago quiere sentar precedente, según me lo dijo en uno de los correos que hemos intercambiado durante los años que llevamos de conocernos, primero a través de internet y hace poco en persona, en Brooklyn. Aunque he dejado un poco de lado mi veta de entrevistadora desde que regresé a México en 2012, reflexioné que a Santiago le debía su aparición en esta columna escrita y le solicité que me contestara algunas preguntas abiertas sobre su historia migrante para permitirme ampliar lo que recordaba de él en aquella entrevista radiofónica. Podía elegir entre un seudónimo o su nombre real. “Mi nombre completo para que mi historia les sirva de ejemplo a mis paisanos mexicanos.” ¡Y vaya que Santiago tiene una historia que contar! Es tan prolijo en contar sus vivencias que tendré que usar varias entregas para compartirla. No obstante, les garantizo que será muy interesante que la lean. Salvo ligeras adaptaciones gramaticales y ortográficas, la historia que a continuación transcribo es la que Santiago escribió por sí mismo y que me autorizó a compartir con ustedes.

Llegué a Staten Island, New York, a los diecisiete años. Recuerdo muy bien que empecé a trabajar al día siguiente como lavaplatos en una pastelería italiana. Para lavar platos hay que saber y yo no sabía, me gasté todas las yemas de los dedos y cada vez que calentaba las tortillas en el comal al llegar a casa me ardían horrible y terminaba llorando. A las tres semanas de haber llegado cumplí 18 años, fue mi día de descanso y tenía gripa con una tos terrible, me pasé todo ese día llorando, prometiéndome que valdría la pena tanto dolor.

Las razones por las que me vi obligado a dejar México fueron varias, pero la más fuerte fue la terrible situación económica por la cual atravesaba mi familia. Desde niños crecimos solos con mamá, mi papá trabajaba en la Ciudad de México y lo veíamos dos veces al mes cuando iba a dejar dinero a Puebla. En San Jerónimo Xayacatlán, como en muchos lugares de México, las costumbres dictan que debe haber mayordomos para llevar a cabo las festividades de cada santo en el pueblo. Mi padre formaba parte de la Hermandad o Cofradía de San Jerónimo (el doctor de la Iglesia) que se celebra el 30 de septiembre. En esa fecha en 1993 un año antes de que terminara el régimen, el Salinato parecía fuerte y estable y mi padre decidió ser mayordomo de las festividades del año siguiente. Todo se veía prometedor y mi padre invirtió todo lo que tenía para hacer una fiesta inolvidable para el pueblo y para las arcas de la mayordomía, pero en 1994, con la entrada del nuevo presidente de la República, empezó la especulación, se desplomaron los castillos en el aire y los festejos del santo fueron un fracaso total.

Mi padre terminó endeudado con 10 mil pesos, mucho dinero en ese tiempo para un hombre que perdió el empleo después de largos años de lealtad, sin contar lo que había invertido de sus ahorros y que jamás recuperó. Desde entonces tengo muy claro que amigos verdaderos existen muy pocos, antes de ser mayordomo mi padre tenía muchos amigos, después del fracaso no le quedó ninguno. Mi padre pidió prestado para dejar las arcas sin adeudos y los “amigos” le cobraban intereses altísimos. Todo eso empezó a mermar mi rendimiento en la preparatoria y pasé de ser un excelente alumno a uno mediocre. Muchas veces tuve que mentir diciendo que mi padre no estaba en casa cuando lo buscaban los prestamistas, hasta la fecha me duele porque, aunque nuestra situación es un poco diferente ahora, a muchas familias la fe y las tradiciones las tienen hundidas en la miseria. Fue esa la razón principal por la que dije, no puedo más, ¡me voy!

Recuerdo que el 25 de septiembre de 1995 estaba en mi clase de filosofía, estaba ahí, pero ausente, ido, pensando cómo era que sólo un año atrás la vida era diferente. Se había devaluado el peso con el “error de diciembre”, mi padre estaba sin empleo y endeudado hasta el cuello. La magia del Salinato se había esfumado, eran como las seis de la tarde. Al término de la clase mi maestro de filosofía me dijo: “Quiero hablar contigo muy en serio, tú eras muy bueno pero ya no tienes nada que hacer aquí. ¿Quieres ayudar a tu padre, a tu familia? Calentando esa butaca no lo vas a lograr. Tómate una tregua, vete, busca la solución, pero no seas pendejo.

Llegué a casa a las 10:30 de la noche y les dije a mis papás: me voy porque no aguanto más esta situación y quiero ser capaz de ayudarles. Mi madre soltó el llanto porque sabía que no había marcha atrás. Creo que hasta la fecha llora porque yo le prometí que iba a ser abogado, creo que hasta la fecha llora por mi promesa rota… porque yo aún lo hago.

Mi padre me dijo que no me preocupara, que esos compromisos eran suyos y él vería cómo los resolvería. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Contacté a mi hermano Sebastián y a Luis que se encontraban en Nueva York y me dijeron ¡vente!

Continuará…

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 19 de julio de 2016

Bernie, siempre hacia adelante

 

A pesar de la victoria definitiva de Hillary Clinton y del respaldo rotundo proveniente de su contrincante Bernie Sanders, el panorama político no es -aún- muy halagador para la esposa del expresidente Bill Clinton. Diferentes columnistas en la media impresa y digital de Estados Unidos han expresado su falta de conexión con importantes sectores de la población norteamericana, lo cual explicaría, en parte, su prolongado camino a la candidatura demócrata. Se le acusa de representar los intereses de todos los poderosos, personajes y compañías, que obtendrían enormes beneficios económicos en caso de que gane la presidencia.

Hoy, sin embargo, la nota está centrada en el perdedor Sanders y su endorsement (respaldo) a la candidata realizado ayer a través de una carta pública titulada Forever Forward (Siempre hacia adelante) en donde expresa su agradecimiento a todas los ciudadanos que se integraron a su movimiento a lo largo de los quince meses de su campaña. Aquellos norteamericanos que quisieron creer que podían “luchar contra la clase billonaria y a favor de la justicia racial, social, económica y ambientalista” en La Revolución Política (the Political Revolution) dirigida por Sanders.

Una columna editorial de Thomas L. Friedman aparecida  el miércoles 12 en el The New York Times -que semeja más bien una plegaria pidiendo que Hillary Clinton arrase en las elecciones de noviembre y les evite (nos evite) todos los problemas que generaría el triunfo de Donald Trump-,  refiere que la candidata necesita llegar a la Casa Blanca totalmente respaldada por una mayoría demócrata en el senado y  en el congreso, para reubicarse en la zona política de centro-izquierda, la que mejor se identifica con su “alma”, y no en la izquierda cuasi radical en la que tuvo que colocarse en su campaña contra Sanders para contrarrestar la identificación de éste último con las fuerzas de izquierda de su país. Me parece rescatable la frase con que Friedman concluye su columna: no predigo quién ganará en noviembre pero estoy seguro de que estaré orando para que (Clinton) gane y sé por qué.

Para Sanders la izquierda radical no ha sido una postura en esta campaña, ha sido su sello a través de su carrera política que se remonta a décadas atrás, cuando en su juventud formó parte de movimientos progresistas y de apoyo a causas revolucionarias, como las de la raza negra, que le ganaron el voto de muchos jóvenes idealistas en estos meses contra Clinton, pero que, según sus críticos, no fueron suficientes para conectar con la base negra del electorado estadunidense actual y que le impidieron llegar a la candidatura demócrata. Sin embargo, sus seguidores se cuentan por millones (trece según sus propias palabras) de todos los estratos económicos y razas, incluidos los de origen mexicano, que se han decepcionado con su derrota aunque sabían de antemano que su lucha era la de Goliat contra Sansón y que muy probablemente tendrán que adherirse a la campaña de Clinton para evitar la debacle mayor de tener a un loco fanático en la presidencia.

En palabras de Santiago, un migrante mexicano convertido en flamante ciudadano norteamericano, quien está involucrado lo suficiente en política en este y en aquel país para opinar con propiedad: “En cuanto a la política me siento triste por el endorsement de Bernardo para Hillary. Honestamente no ha luchado como Bernie y (Clinton) ha hecho cosas que desde mi punto de vista no son correctas y que han golpeado a los ciudadanos comunes, no sólo en Estados Unidos sino en varias partes del mundo, pero tristemente tendré que votar por ella porque no veo otra opción con posibilidades de ganarle a Trump. Ya veremos cómo se desarrollan las cosas. Por lo menos está adoptando varias de las propuestas de Bernardo, ojalá no sea sólo para ganar votos y luego dé la espalda a los que más necesitan de cambios en el sistema.Creo que a los mexicanos nos conviene adherirnos a las plegarias de Thomas L. Friedman y a los deseos de Santiago, para que Donald Trump sea vencido en forma arrolladora por Hillary Clinton en las elecciones de noviembre, aunque su fanatismo xenófobo y racista y sus aportaciones negativas al mainstream norteamericano serán muy difíciles de revocar.  

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 14 de julio de 2016

ANGY PAOLA

ANGY PAOLA

Toda mi vida me dijeron que no valía nada. Me lo dijeron aún antes de nacer sólo porque mi mamá era una adolescente soltera. La gente en mi iglesia, mi familia y mis vecinos nos excluyeron, volteaban la vista a los lados, hacían comentarios en susurros y también directamente me decían que yo era un error. Ser indocumentada triplicaba esta situación y se volvió rutinaria. Yo era muy ilegal para escribir un buen ensayo, muy ilegal para ir a la universidad, muy ilegal para estar aquí, para trabajar, para obtener ayuda financiera, para prosperar. Muy extranjera. Muy estridente.

Herida por aquellos que amaba y por aquellos que supuestamente debían cuidarme, pasé la mayor parte de mi vida amurallada, nadando en miedo, lista para defenderme y luchar para probar a otras personas que estaban equivocadas. Luchar para probarles y probarme que las familias inmigrantes jóvenes con madres solteras pueden ser amadas y hermosas. Mi mamá emigró a Estados Unidos por mí, para darme una mejor educación y este es el sueño cumplido. Cuando estaba en el último año de preparatoria, un administrativo en la Universidad John Jay de la Ciudad de Nueva York (CUNY John Jay College) me dijo que estaba desperdiciando el tiempo tratando de ir a la escuela allí. Si no tenía el dinero para pagar las clases no  sería posible que me inscribiera. Parte de mí le creyó y se preguntó ¿por qué yo? ¿Quién era yo después de todo? Tenía 17 años y era indocumentada.

Cuando empecé a participar activamente y la Universidad John Jay me identificó, me dijeron que estas acciones nocivas deberían guardarse en secreto porque harían lucir mal a la universidad, en lugar de ayudarme. Sin darme cuenta este fue el primero de muchos momentos dolorosos que me empujaron a ponerme en acción. Organizarme en comunidad con el Consejo de Líderes Jóvenes del Estado de Nueva York (New York State Youth Leadership Council) cambió mi vida. Aprendí sobre mis derechos y deseché el miedo. Aprendí a expresarme, recibí becas e hice amistades que durarán toda la vida. Este espacio seguro me ayudó a escapar del racismo, de la violencia, de la agresividad pasiva y de la ignorancia de los demás, que sufrí mientras intentaba integrarme al sistema de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Ahí siempre hubo un maestro que me demeritaba, siempre fui molestada en clases, no pude contar con nadie para salir adelante.

Se suponía que sería de la generación 2013 y no pude graduarme. Sin embargo, esta licenciatura no añade valor o da validez a mis experiencias. No me hace más lista, ni hace a mi familia o a mí más valiosos o más respetados o más dignos de admiración. Ya lo éramos. Porque yo conozco el duro trabajo que ha costado esto. Las largas noches. Las lágrimas. El constante rechazo de oportunidades. La lucha. Los sueños y las esperanzas por ser la primera en mi familia inmediata en obtener un grado universitario. Porque yo sé cuan significativo es esto, aquí estoy en el Madison Square Garden graduándome de la misma universidad que me humilló. Me tomó más tiempo de lo que esperaba. Algunos de mis amigos ya están terminando su maestría pero esta es mi vida, es mi ritmo. Y merezco más que este grado porque estoy muy orgullosa de mi misma. Orgullosa de haber sobrevivido a una institución que no fue diseñada para mí, y orgullosa de la mujer en que me convertí.

Esto es para nosotras, mami. Te amo.

(La versión original en inglés de este texto fue publicada en el muro de Facebook de mi amiga Angy a principios de junio de este año. Traducción libre por @margaritabéldam, autorizada para ser publicada en esta columna por su autora Angy Paola Rivera).

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 23 de junio de 2016.

 

Brexit o el crisol de la humanidad

La decisión del pueblo británico de salir de la Unión Europea (Brexit) tiene un costo económico, político y humano para nuestro mundo globalizado. En apariencia, en lo económico a los mexicanos nos impacta poco el resultado del referéndum e incluso el balance del voto de salida (exit) es favorable a un sector enorme de compatriotas que viven  del envío de remesas desde el extranjero. Sus ingresos se han incrementado al igual que el precio del dólar a partir de la publicación de los resultados del referéndum.

En lo político, el respeto irrestricto  a los resultados finales de las votaciones en Gran Bretaña es el aspecto más importante para mí y, tal vez, para millones de mexicanos de mi generación, quienes hemos vivido en un país marcado por el control de los resultados electorales por un partido durante la mayor parte del siglo XX, y por la protesta partidista a todo resultado desfavorable en elecciones en los últimos tiempos de la historia de México. Con apenas una estrecha diferencia de 2 o 3 puntos porcentuales entre el sí y el no a la salida del país de la Unión Europea, no ha habido protestas para volver a realizar la votación o para contar nuevamente los votos en cada casilla como ha sucedido en nuestro país. Ese respeto sin cortapisas a los resultados electorales es parte de lo que se llama una democracia consolidada, concepto totalmente contrario al de nuestra democracia desgarrada.

Hoy la polémica es grande entre los británicos. Creo que se ha generado mayor debate a posteriori que previo a las elecciones. Es probable que quienes votaron en contra de la salida pensaron que iban a ganar y ahora tratan de asimilar lo que está sucediendo en su país. Por el contrario, quienes ganaron están creando un impacto mediático negativo formidable por las acciones que ciertos grupos han realizado en contra de lo que se percibe como la mayor amenaza para ellos: los extranjeros.

Analistas de Estados Unidos minimizan la influencia de la xenofobia en el referéndum y hablan del hartazgo y de la idiosincrasia propia de los ingleses quienes prefieren ser independentes antes que seguir sometidos a los vaivenes del mayor mercado internacional. Sin embargo, en cada uno de los artículos que he leído en los diversos medios internacionales como The New York Times o The Washington Post o en las entrevistas a expertos en la estación de radio CBS de New York, el punto recurrente es el temor a los extranjeros, el odio a los inmigrantes del tercer mundo y de países de Europa del Este, especialmente a los polacos y el cierre de fronteras a todos los diferentes.

El resultado de las votaciones al Brexit es el punto culminante de un problema que se generó hace siglos: los escasos países poseedores de las mayores riquezas del mundo, que durante siglos expoliaron y usufructuaron los tesoros de todos los continentes con conquistas de lugares que no les pertenecían y que se acostumbraron a vivir en la opulencia que les brindaban las ganancias generadas en las naciones empobrecidas por la explotación forzada, se quejan porque sus hogares y sus empleos son el objetivo de las hordas de los que emigran porque no tienen ninguna posibilidad de sobrevivencia en sus lugares de origen. Es la lucha del primer mundo que posee contra el tercer mundo que tiene poco y peor distribuido.

Que la votación fue definida por la xenofobia creciente en Gran Bretaña se percibe más claramente en los actos que se están reportando por todo el territorio británico a partir de que se dio a conocer el resultado de las votaciones. Los fanáticos xenófobos están mostrando su verdadera cara y acosan a los posibles extranjeros en el transporte público, exigiéndoles salir del país inmediatamente; grandes colonias de polacos han sido amenazadas con mensajes violentos de grupos de nacionalistas organizados para intimidar. Es decir, los grupos antiinmigrantes han cobrado fuerza a partir del elemento sicológico que implica el respaldo de la mayoría de los votantes a su xenofobia.

Si el costo económico y político que tendrá el Brexit en el mundo es incalculable para todos, el costo social y humano está a la vista: ningún inmigrante –ningún extranjero con documentos o sin ellos- estará seguro en  país alguno porque los sentimientos antiinmigrantes tienen ya un lugar ganado en el mundo sin cortapisas. La xenofobia ha sentado sus reales en Gran Bretaña y tiene a la ley de su lado.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 30 de junio de 2016.