El ocaso de la República

El ocaso de la república

Leo regularmente a Paul Krugman, el editorialista del diario norteamericano New York Times ganador del Premio Nobel de Economía en 2008. Me parece que su opinión sobre los acontecimientos económicos y políticos, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo, es una voz digna de ser escuchada. Krugman es un profesor de economía de Princeton convertido en columnista con tendencias demócratas. Su mayor cualidad es, creo, su independencia que lo diferencia de otros periodistas quienes se involucran tanto en el medio político para conseguir información de los actores en las diversas esferas de la política norteamericana que terminan por depender en forma total de lo ellos puedan brindarles y son corrompidos. Krugman no está exento pero, como académico, en apariencia ha podido mantenerse al margen de los vaivenes a que son sometidos los editorialistas vulnerables a la retención de información por parte de sus fuentes.

Tengo que admitir que el editorial de que trata esta columna How republics end apareció en inglés desde diciembre 19  y no lo leí en su idioma original sino hasta ayer que el NYT posteó la versión en español El fin de las repúblicas. Me sumergí en la lectura del análisis que Krugman hace de la situación política que prevalece en Estados Unidos y en el mundo a partir del triunfo del presidente electo Donald Trump. Al igual que yo lo hice en los días inmediatos posteriores a la elección, Krugman escribe sobre el deterioro de la sociedad y de la democracia norteamericana como la causa y no el efecto del triunfo de Trump. La pérdida de valores fundamentales entre los grupos políticos está llevando a la democracia norteamericana a un punto de derrumbamiento que Krugman equipara con el colapso de la República romana.

En Roma, la ambición por el poder sometía a los gobernantes a una competencia feroz pero jamás dejaron de lado el principio básico de mantener el bien de la república por encima de todo. La derrota política o la decepción personal ante los sucesos políticos nunca fue pretexto para que algún romano en las esferas de poder llamara a una potencia extranjera. Roma era para y de los romanos.

La editorial del NYT del 19 de diciembre, en cambio, expresa dos puntos importantes para la política mundial en tanto que Estados Unidos continua siendo la potencia hegemónica. El primero, la intrusión de Rusia en asuntos previos a y en la propia elección norteamericana, a petición del presidente electo con la aprobación tácita de su partido, el republicano. ¿Cuán grave puede ser la transformación de la situación política norteamericana para que uno de los candidatos a presidente llame a Rusia su antiguo gran rival -gobernado por un líder nefasto que repuntó su popularidad gracias a ello- para calumniar a su oponente y para intervenir en las elecciones?

El segundo punto es el pronóstico del fin de la democracia estadunidense como se le ha conocido durante la segunda parte del siglo XX y principios de éste para dar paso a una república fascista con fachada democrática donde un solo partido, el republicano, llevará la batuta. “…Un Estado que mantiene la ficción de la democracia, pero que ha manipulado de tal manera el juego que el bando contrario nunca pueda ganar”.

Krugman brinda el ejemplo de Carolina del Norte donde, además de presidente de Estados Unidos, se eligió al gobernador del estado en noviembre pasado. El candidato demócrata Roy Cooper venció por apenas 10,300 votos o el 0.2% de la votación al candidato republicano Pat McCrory. En un estado controlado a todos los niveles por el partido conservador, que además fungió como determinante en el triunfo de Trump a nivel nacional, la derrota de su candidato es un fracaso estrepitoso que no iban a dejar pasar fácilmente. Si bien no pudieron anular la elección, en arreglos de última hora el gobernador saliente respaldado por los legisladores firmó una serie de leyes que socavan el poder del nuevo gobernador Cooper, y con ello se aseguró “de que la voluntad de los votantes no importara en realidad”. El bien común de la República sometido a las reacciones viscerales de los hombres en el poder.

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TRUMP ES LA CONSECUENCIA, NO EL ORIGEN

TRUMP ES LA CONSECUENCIA, NO EL ORIGEN

Las secuelas del triunfo de Donald Trump en las elecciones, se están viviendo en Estados Unidos. Ataques racistas, xenófobos, misóginos, antimusulmanes,  antigay y antiinmigrantes se están reportando en varias entidades. No importa que el presidente electo haya llamado a la unidad post-electoral.

Sus correligionarios –quienes comparten su ideal de una América blanca y conservadora- creen que ahora tienen el respaldo del titular del ejecutivo, de la estructura gubernamental que entrará en funciones el 20 de enero próximo y el de una imaginaria mayoría que votó por el partido republicano.

Me refiero a una mayoría imaginaria porque el sistema electoral norteamericano funciona a nivel estatal de acuerdo al voto popular, es decir, una persona equivale a un voto, pero en segunda instancia –a nivel federal- los votos totales de cada entidad se transforman en la cantidad de votos electorales asignada a cada estado acorde a su población, y se otorgan al ganador.

California, uno de los estados con mayor nivel poblacional, representa 55 votos del colegio electoral. El voto popular que obtuvo Clinton fue de más de cinco millones contra los menos de tres que logró Trump. La diferencia fue de millones a favor de la demócrata quien ganó los 55 lo que había sido augurado en los sondeos porque el estado es azul, prodemócrata. Por el contrario, un estado rojo pro-republicano como Texas le otorgó 38 puntos a Trump.

Aunque son once estados de batalla o columpio –aquellos que van y vienen con cada elección- Colorado, Florida, Iowa, Michigan, Minnesota, Ohio, Nevada, New Hampshire, Carolina del Norte, Pennsylvania, Virginia y Wisconsin, en esta ocasión parecía que sólo cinco la definirían. El resto estaban  seguros en apariencia, con 270 votos para Clinton y muchos menos para Trump. El conteo final declaró 290 votos electorales para el presidente electo y 228 para la secretaria de estado. Por el contrario el voto popular fue de 60,966,953 votos (47.8%) para la excandidata y 60,328,203 votos (47.3%) para el republicano.

Con esas últimas cifras en mente, los ciudadanos están protestando porque las mayorías ciudadanas no están representadas por Trump ya que este sistema electoral es obsoleto, no apto para situaciones actuales, según algunos analistas. Con el lema #Nomipresidente o #nomypresident, varios grupos de protesta exigen al colegio electoral que eche abajo la elección ciudadana y declare a Clinton la presidenta electa. O bien, como solicitan otros, que los consejeros demócratas se rebelen al mandato de emitir un voto conjunto por Trump en algún estado y lo hagan a favor de Clinton. Esta última opción se ve lejana debido al amplio margen de votos electorales entre los dos contendientes, hay más de 60 votos electorales de diferencia, lo cual significaría que la misma cantidad de representantes tendría que modificar su voto –en un acto de desobediencia a su mandato- para lograr revertir los resultados.

El problema no radica en echar abajo una elección que, debemos recordar, fue objetada por el ahora presidente electo por supuestamente estar amañada a favor de la candidata del partido en el gobierno y que ahora es él quien desea que sea declarada legal porque le es favorable. No nos ocuparemos de los errores de la secretaria de estado sino de los aciertos de Trump o de las circunstancias que lo llevaron a ganar  a pesar de enfrentarse al partido en el poder y a una experta política y mejor recaudadora de fondos.

Los tres puntos en contra de Trump, la supuesta elección amañada por ser su oponente la candidata del partido en el poder y ser el opositor inexperto –mas no su partido- no impidieron que el candidato republicano ganara porque los votantes percibieron a alguien capaz de expresar lo que subyace en el subconsciente del ciudadano promedio norteamericano: que la crisis que los ha empobrecido a lo largo de ocho años se debe a la tolerancia hacia la inmigración indocumentada –sobre todo latina y mexicana en particular-, al apoyo que reciben las clases más desprotegidas entre las que se cuentan los afroamericanos con sus cheques de beneficencia pública, al aumento de los derechos de los grupos homosexuales y a la convivencia con musulmanes, quienes son todos terroristas en teoría.

Esta visión de los problemas de Estados Unidos no tiene su origen en la aparición de Donald Trump como candidato o precandidato, al contrario, la incursión del empresario en política es más bien consecuencia de lo que ya se había gestado en la sociedad. Un candidato como él logra culminar una campaña exitosa porque la mesa está puesta para el triunfo. Sólo requería solicitar lo deseado en el tono adecuado para los oídos de sus simpatizantes.

Si nos atenemos a lo que dice el politólogo norteamericano de izquierda Noam Chomsky, lo que influyó más en la elección para que Trump sea el vencedor es el sentido de desesperanza que priva en la sociedad norteamericana debido al sistema neoliberalista que ha venido funcionando a lo largo de décadas y que ha dejado a las personas desamparadas, aisladas, con miedo y con la sensación de ser víctimas de   una situación fuera de su alcance. El martes 8 de noviembre las mayorías pudieron participar para corregir lo que creen que está mal en su país y así lo hicieron. Como lo decía desde el título de la presente columna: Trump es la consecuencia, no el origen de los problemas de la sociedad norteamericana.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 16 de noviembre de2016.

Opinión post-electoral

OPINIÓN POST-ELECTORAL

Usted conoce ya a Santiago Rojas. Hace poco le presenté su historia de inmigrante mexicano en Estados Unidos en varias entregas. Ayer, miércoles 10, apareció en su muro esta publicación. Me pareció pertinente presentarla como una opinión muy válida de lo que está sucediendo en este momento con la comunidad latina, especialmente la mexicana, después del triunfo de Donald Trump frente a Hillary Clinton.

Debo recordarles que Santiago es ciudadano norteamericano, recién estrenado este año, y mantiene la ciudadanía mexicana, por lo que su percepción de ambos países es muy certera por sus vínculos con ambos países, en uno vive y trabaja y en el otro tiene a su familia y a su prometida. Es importante decir que él apoyó a Bernie Sanders para candidato presidencial  del partido demócrata y tuvo que plegarse a la decisión de la mayoría cuando Clinton resultó elegida. Hoy tiene que superar una nueva decepción política y lo expresa en el texto siguiente.

“Ganó Donald Trump, algo que parecía imposible, y por arte de magia apareció un muro fronterizo. ¡Ah, no! Ese muro lo hizo el demócrata Bill Clinton en 1994 en su ‘Operación Guardián’ con el objetivo de impedir la entrada de inmigrantes ilegales, procedentes de la frontera de México hacia territorio estadounidense.

No hay muro que detenga la esperanza de una vida mejor, aunque en el intento se nos vaya la vida. No hay muro que nos detenga cuando lo que nos mueve es el amor hacia nuestras familias; yo soy prueba de ello, escalé y brinqué ese muro en Nogales en octubre de 1995 y, como yo, miles de compatriotas en la Unión Americana.

El muro es el culpable de más de diez mil muertes desde el inicio de su operación, pues los inmigrantes de México y de Sudamérica han intentado cruzar por zonas más peligrosas, como el desierto de Arizona. Los inmigrantes somos los olvidados de ambas naciones, somos los apestados porque no nos quieren aquí, pero nos usan para hacer los trabajos que un anglosajón no quiere hacer, y allá nos obligan a abandonar a nuestros padres, abuelos, esposas e hijos para poder poner un pedazo de pan sobre la mesa y, como siempre, aunque no nos quieran, terminamos poniendo la cara para ambas naciones.

Aquél que me diga que los demócratas están a favor de los inmigrantes creo que está en un error. Barack Obama ha deportado a más mexicanos que cualquier otro presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, pero eso casi no se sabe porque los medios de comunicación suelen se pro-demócratas y callan.

Conozco a muchos hispanos que votaron por Donald Trump, quienes al recibir la ciudadanía estadounidense se olvidaron por completo de su origen, y ahora con su voto le están cerrando la puerta a los recién llegados. Cuando se está indocumentado, no lo está uno por gusto, lo único que uno pide es una oportunidad para arreglar el estatus migratorio. Hoy el panorama luce gris para muchos y duele verlo. Me preguntan algunos compañeros que votaron por Trump por qué me preocupo tanto, si a mí no me afecta, si soy portador de un pasaporte norteamericano y les respondo que probablemente no lo vean ahora, pero más tarde aprenderán la lección.

Como prueba les expongo el caso de un mesero de padres mexicanos que era pro-Trump y que siempre se ha referido de forma denigrante hacia los mexicanos. Fue a dejar un servicio al cuarto de una familia anglosajona también pro-Trump y le dijeron que por su apariencia seguro era mexicano y  que tal vez no tenía papeles; contactaron al gerente del hotel y pidieron que nunca más les mandaran a ese ‘muchacho’. No les importó que también apoyara a Trump. Es aterrador ver la ignorancia y el racismo escondido y que baste una persona a la que se tachaba por loco para despertar a ese gigante dormido que pintó de rojo, el color del partido republicano, a la Unión Americana.”

Como en los artículos anteriores, traté de mantener intactas las palabras de Santiago. En este caso, sólo edité las partes que se refieren a México y a sus malos gobernantes que, aunque compartidas por la opinión pública, desviaban la atención del tema que nos ocupa: la percepción post-electoral en Estados Unidos por parte de un inmigrante mexicano.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 11 de noviembre de 2106.

Mr. Presidente Trump

MR. PRESIDENTE TRUMP

Suelo decir o escribir las cosas para conjurarlas, para evitar que sucedan, como si tuviera una capacidad extraordinaria para influir en el futuro. Esta vez eran muchas las señales de lo que pasaría que decirlas o contarlas no impedirían los sucesos. Y sucedió. Donald Trump es el presidente electo de Estados Unidos. Lo supe cuando vi salir a Ivanka, su hija, impecablemente vestida, totalmente confiada, a respaldar a su padre. Creo no exagerar cuando digo que la contienda se definió ahí. ¿Qué ciudadano norteamericano blanco, educado o no, con poder adquisitivo o no, se resistió a la imagen y a las palabras de esa joven oradora? ¿Por qué Chelsea no hizo lo mismo con su madre en la convención demócrata, para equiparar fuerzas?

El triunfo de Trump me afecta tanto como a cualquier ciudadano mexicano o del mundo que ignora con certeza cómo va a funcionar el mandato presidencial de quien utilizó sin ambages toda clase de insultos y que expuso cualquier tipo de prejuicios en contra de quienes considera sus enemigos. No creo que enojarme o compadecer a los norteamericanos por lo acontecido el martes 8 en las urnas solucione algo a estas alturas del juego.

Cada pueblo tiene el gobierno que merece y Estados Unidos merece a un Donald Trump que le ofreció acabar con lo que más miedo le da: los latinos indocumentados, las mujeres en el poder –Hillary Clinton como ejemplo-, los homosexuales, los afroamericanos y los musulmanes. Todos esos grupos fueron incapaces de dejar de lado sus diferencias y de agruparse para impedir que su enemigo electoral ganara. No pudieron convencer a quienes no estaban seguros de por quién iban a votar y dejaron al azar –al voto de los cinco estados columpio- la definición de la contienda más importante de nuestros tiempos.

No toda la culpa es del partido demócrata por la selección de su candidata, ni toda la culpa es de Barack Obama con sus dos mandatos de mucho protagonismo y poca política, Trump debe agradecer a las tendencias políticas internacionales que inclinan la balanza de los pueblos receptores de inmigrantes hacia el ámbito ultra conservador. Este triunfo del partido republicano podía ser previsto desde el resultado de la consulta del Brexit en Reino Unido y a partir del crecimiento de los grupos de ultraderecha en Francia y en Grecia, por ejemplo. Lo he dicho en artículos anteriores: la tendencia en Europa y en Estados Unidos es la de nacionalismo a ultranza con grandes dosis de racismo y xenofobia.

Su triunfo pudo ser previsto cuando sus slogans lograron mover y conmover al amplio sector de la población blanca empobrecida que se ha sentido desplazada a lo largo de ocho años de política demócrata con mucha palabrería a favor de los indocumentados y afroamericanos –la

cual no ha sido suficiente para impedir las deportaciones masivas ni la muerte de negros desarmados a manos de la policía-. Lo imprevisto de esta elección fue el vuelco electoral de la clase blanca joven, con poder adquisitivo y alto nivel educativo que apuesta también por un político novato y estridente. El color llama, podría parafrasearse el dicho. ¿Cuál es el aliciente, en cambio, del alto porcentaje del electorado de otras razas o de las mujeres acosadas para votar por Trump? ¿Qué los identifica con él para traicionar a su gente o a su género?

No podemos prevenir qué de lo prometido en campaña logrará cumplir Trump, por eso no me parece tan amenazante su triunfo: el muro está construyéndose desde hace mucho y nada vale cuando un migrante quiere cruzar, las deportaciones no pueden ser más numerosas que las que ha logrado Obama en ocho años, el peso se devaluó sin que Trump tome protesta, hay afroamericanos muertos a cada rato en manos de la policía durante el mandato del primer presidente negro.

Mi esperanza es que la estridencia de la campaña del republicano pueda dar paso a un mandato –dos tal vez- de política sensata, como cuando el rebelde de la clase se transforma para bien al obtener una encomienda importante. Por eso no temo al comportamiento de Trump presidente, existen formalidades y reglas que tiene que cumplir como lo demostró en su primer discurso; temo a las secuelas que pueda tener en la idiosincrasia norteamericana a mediano plazo y que los perdedores no puedan superar su pérdida –aunque en ello se hayan enfocado los discursos de Clinton y Obama el miércoles- y que los ganadores se solacen en su triunfo. Tal vez estoy minimizando los daños futuros, discúlpenme, yo no voté por Trump.

Publicado en verticediario y su edición impresa el 10 de noviembre de 2016.

Santiago Rojas. Conclusión

 

Santiago Rojas. Conclusión

Creo que al venirme a Estados Unidos estaba muy consciente de lo que iba a sacrificar: mi juventud, mis amigos, muchos sueños, a mi familia. A varios de ellos ya no los volví  a ver, se nos adelantaron. No sé si sea egoísta, pero últimamente me duele recordar cómo se fueron mis años de juventud trabajando y trabajando para pagar una deuda que no era mía. Esa es la razón de mi hartazgo de los gobernantes, de la clase política y de la misma gente que se dice amiga y cuando te ve caído no te tiende la mano, sino que te apuñala por la espalda. Me vine por una deuda de mi padre de 10 mil pesos mexicanos con intereses altísimos, y al pasar los años terminé pagando 35 mil dólares. No sé cuánto es eso en dinero mexicano valorado en ese tiempo, pero es un crimen, un abuso. Es triste ver cómo entre mexicanos nos abusamos y casi siempre buscamos sacar un beneficio.

Recuerdo los años en que me dediqué a pagar esa deuda. Sacaba para mi renta y para mi transporte. Me compraba ropa de la más barata y todo se iba de regreso a México. No ganaba mucho, creo que 300 dólares en 1995, pero duele darse cuenta de que hacemos ricas a personas sin escrúpulos y faltos de humanidad. No fue mi padre quien me robó mi juventud, fueron los prestamistas inescrupulosos, fueron los políticos mercaderes de esperanza que construyen castillos en el aire y cuando se van se los llevan. Hoy en día nos venden positivismo y a veces llegamos a creer que el país está estable y de la nada el dólar casi alcanza los 20 pesos, aunque diga Carstens que el peso es fuerte y rechonchito.

Tristemente creo que los problemas en México no se han resuelto, no han mejorado, más bien han empeorado a ritmos alarmantes. Cuando me vine de México recuerdo que había mucha pobreza, no sólo en Puebla, y la sigue habiendo porque así conviene a los intereses de los gobernantes en turno y de los que vengan. Pero al menos se respiraba un ambiente de calma, de que estabas seguro; podías andar en la calle a las diez de la noche sin preocuparte de que te raptaran, de que te robaran o de que murieras en un fuego cruzado. Cuando volví por primera vez en el 2008, aún se podía sentir un poco la tranquilidad, pero conforme pasaron los años noté que ya no era el mismo México. Al estar lejos se tiene más acceso a la información que dentro del país, porque la información muchas veces es vetada o la gente no habla por miedo o simplemente las casas de noticias oficiales deciden informar a conveniencia. Es  una lástima que sólo una pequeña parte del país tenga acceso a internet, si fuese diferente el “malhumor nacional” sería más grande.

No es un secreto mi descontento hacia el partido oficial de México, a pesar de que me estaba formando en él cuando era estudiante. A los 17 años me nombraron presidente de las juventudes del PRI en mi pueblito, pintaba para ser un político de rancho. Me decían que iba para grande, qué bueno que me vine, de otra manera no sería lo que ahora soy. Durante mis primeros años en Nueva York me desconecté de los problemas sociales en México. Me dediqué a trabajar y trabajar. Fue hasta el 2006 en que traté de generar conciencia desde acá pues no podía votar. Hicimos colectivos para convencer a los paisanos a que hablaran con sus familiares en México, para que se dieran cuenta de quiénes son los que nos tienen en esta situación. No logramos nada.

En el 2012 volví recargado, aunque tampoco pude votar y fue por negligencia mía porque ya no tenía excusa, podía viajar a México y tramitar mi IFE. A pesar de ello, creo que ese fue uno de los años más gratos. En ese tiempo conocí a muchos mexicanos profesionistas: doctores, ingenieros, músicos, estudiantes universitarios en la ciudad de Nueva York. Hicimos cuanta protesta pudimos cuando venía algún político. Intentamos general conciencia del voto informado. Esa es la maldición de los idealistas como yo, nos negamos a ver la realidad. Después de todo lo que hicimos para generar un cambio, fue muy triste y amarga la derrota, una decepción total. Quizás el pueblo mexicano realmente tiene a los gobernantes que merece. Lo único que me queda son las mismas ganas de que México cambie aunque ya no estoy tan activo como antes. Se hacen protestas casi cada semana frente al Consulado Mexicano en Nueva York exigiendo que paren las injusticias, que se esclarezca qué pasó con los 43 estudiantes desaparecidos y con miles más que no le importan al gobierno.

Como ciudadano de los Estados Unidos quiero estar más activo en los movimientos sociales, quiero aportar a mi comunidad y dar vuelta a la sociedad de aquí y de México. Mientras tanto por primera vez he cumplido con mi derecho y mi obligación de ciudadano norteamericano: votar en una elección primaria y en noviembre votaré para elegir al presidente o a la presidenta de la nación más poderosa sobre la tierra.

En lo personal tengo muchos planes a futuro. He vivido muchos años con mi hermana y mis adorables sobrinos pero en octubre de este año separaremos nuestros caminos. Ellos para tener un lugar y ser una familia y yo para formar la mía. Voy a solicitar la visa de prometida para mi adorada tabasqueña. Al final de cuentas, la Búsqueda de la Felicidad es uno de los derechos que respalda la Constitución norteamericana para sus ciudadanos. Además, tengo que lograr que mis viejitos vengan a conocer el producto de sus semillas que el viento trajo a Nueva York. Quiero ser capaz de cumplirle mi promesa a mi madre, una promesa que le hice al verla llorando una tarde que fuimos a la sierra a cortar leña para vender y uno de los burros corrió al momento de echarle la carga y nos dejó ahí varados.

“Algún día cuando yo crezca ya no va a tener usted que cortar la leña para vender, porque yo voy a trabajar y le voy a construir una casa grande donde no pase usted frío. Me voy a ir lejos, lejos, y cuando vuelva siempre me va a ir a esperar al aeropuerto porque llegaré en avión, viajaré por el mundo, me dejaré crecer la barba y seré abogado”. Casi todo lo he cumplido, Paula, todo excepto por lo último, aún no soy abogado. Porque la vida no es fácil, porque no todo es como yo creía, porque uno tropieza mucho por el sendero de la vida y cuesta mucho levantarse, porque hay mucha injusticia en el mundo. Pero de una cosa estoy seguro: lo voy a lograr, por tus enseñanzas en el jardín, por la entereza que me heredaste, porque soy tu reflejo, porque soy tú.

https://elblogdelmigrante.wordpress.com

 

Creo que al venirme a Estados Unidos estaba muy consciente de lo que iba a sacrificar: mi juventud, mis amigos, muchos sueños, a mi familia. A varios de ellos ya no los volví  a ver, se nos adelantaron. No sé si sea egoísta, pero últimamente me duele recordar cómo se fueron mis años de juventud trabajando y trabajando para pagar una deuda que no era mía. Esa es la razón de mi hartazgo de los gobernantes, de la clase política y de la misma gente que se dice amiga y cuando te ve caído no te tiende la mano, sino que te apuñala por la espalda. Me vine por una deuda de mi padre de 10 mil pesos mexicanos con intereses altísimos, y al pasar los años terminé pagando 35 mil dólares. No sé cuánto es eso en dinero mexicano valorado en ese tiempo, pero es un crimen, un abuso. Es triste ver cómo entre mexicanos nos abusamos y casi siempre buscamos sacar un beneficio.

Recuerdo los años en que me dediqué a pagar esa deuda. Sacaba para mi renta y para mi transporte. Me compraba ropa de la más barata y todo se iba de regreso a México. No ganaba mucho, creo que 300 dólares en 1995, pero duele darse cuenta de que hacemos ricas a personas sin escrúpulos y faltos de humanidad. No fue mi padre quien me robó mi juventud, fueron los prestamistas inescrupulosos, fueron los políticos mercaderes de esperanza que construyen castillos en el aire y cuando se van se los llevan. Hoy en día nos venden positivismo y a veces llegamos a creer que el país está estable y de la nada el dólar casi alcanza los 20 pesos, aunque diga Carstens que el peso es fuerte y rechonchito.

Tristemente creo que los problemas en México no se han resuelto, no han mejorado, más bien han empeorado a ritmos alarmantes. Cuando me vine de México recuerdo que había mucha pobreza, no sólo en Puebla, y la sigue habiendo porque así conviene a los intereses de los gobernantes en turno y de los que vengan. Pero al menos se respiraba un ambiente de calma, de que estabas seguro; podías andar en la calle a las diez de la noche sin preocuparte de que te raptaran, de que te robaran o de que murieras en un fuego cruzado. Cuando volví por primera vez en el 2008, aún se podía sentir un poco la tranquilidad, pero conforme pasaron los años noté que ya no era el mismo México. Al estar lejos se tiene más acceso a la información que dentro del país, porque la información muchas veces es vetada o la gente no habla por miedo o simplemente las casas de noticias oficiales deciden informar a conveniencia. Es  una lástima que sólo una pequeña parte del país tenga acceso a internet, si fuese diferente el “malhumor nacional” sería más grande.

No es un secreto mi descontento hacia el partido oficial de México, a pesar de que me estaba formando en él cuando era estudiante. A los 17 años me nombraron presidente de las juventudes del PRI en mi pueblito, pintaba para ser un político de rancho. Me decían que iba para grande, qué bueno que me vine, de otra manera no sería lo que ahora soy. Durante mis primeros años en Nueva York me desconecté de los problemas sociales en México. Me dediqué a trabajar y trabajar. Fue hasta el 2006 en que traté de generar conciencia desde acá pues no podía votar. Hicimos colectivos para convencer a los paisanos a que hablaran con sus familiares en México, para que se dieran cuenta de quiénes son los que nos tienen en esta situación. No logramos nada.

En el 2012 volví recargado, aunque tampoco pude votar y fue por negligencia mía porque ya no tenía excusa, podía viajar a México y tramitar mi IFE. A pesar de ello, creo que ese fue uno de los años más gratos. En ese tiempo conocí a muchos mexicanos profesionistas: doctores, ingenieros, músicos, estudiantes universitarios en la ciudad de Nueva York. Hicimos cuanta protesta pudimos cuando venía algún político. Intentamos general conciencia del voto informado. Esa es la maldición de los idealistas como yo, nos negamos a ver la realidad. Después de todo lo que hicimos para generar un cambio, fue muy triste y amarga la derrota, una decepción total. Quizás el pueblo mexicano realmente tiene a los gobernantes que merece. Lo único que me queda son las mismas ganas de que México cambie aunque ya no estoy tan activo como antes. Se hacen protestas casi cada semana frente al Consulado Mexicano en Nueva York exigiendo que paren las injusticias, que se esclarezca qué pasó con los 43 estudiantes desaparecidos y con miles más que no le importan al gobierno.

Como ciudadano de los Estados Unidos quiero estar más activo en los movimientos sociales, quiero aportar a mi comunidad y dar vuelta a la sociedad de aquí y de México. Mientras tanto por primera vez he cumplido con mi derecho y mi obligación de ciudadano norteamericano: votar en una elección primaria y en noviembre votaré para elegir al presidente o a la presidenta de la nación más poderosa sobre la tierra.

En lo personal tengo muchos planes a futuro. He vivido muchos años con mi hermana y mis adorables sobrinos pero en octubre de este año separaremos nuestros caminos. Ellos para tener un lugar y ser una familia y yo para formar la mía. Voy a solicitar la visa de prometida para mi adorada tabasqueña. Al final de cuentas, la Búsqueda de la Felicidad es uno de los derechos que respalda la Constitución norteamericana para sus ciudadanos. Además, tengo que lograr que mis viejitos vengan a conocer el producto de sus semillas que el viento trajo a Nueva York. Quiero ser capaz de cumplirle mi promesa a mi madre, una promesa que le hice al verla llorando una tarde que fuimos a la sierra a cortar leña para vender y uno de los burros corrió al momento de echarle la carga y nos dejó ahí varados.

“Algún día cuando yo crezca ya no va a tener usted que cortar la leña para vender, porque yo voy a trabajar y le voy a construir una casa grande donde no pase usted frío. Me voy a ir lejos, lejos, y cuando vuelva siempre me va a ir a esperar al aeropuerto porque llegaré en avión, viajaré por el mundo, me dejaré crecer la barba y seré abogado”. Casi todo lo he cumplido, Paula, todo excepto por lo último, aún no soy abogado. Porque la vida no es fácil, porque no todo es como yo creía, porque uno tropieza mucho por el sendero de la vida y cuesta mucho levantarse, porque hay mucha injusticia en el mundo. Pero de una cosa estoy seguro: lo voy a lograr, por tus enseñanzas en el jardín, por la entereza que me heredaste, porque soy tu reflejo, porque soy tú.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 26 de julio de 2016.

 

SANTIAGO ROJAS. IV

SANTIAGO ROJAS. IV

Me llegó la notificación de que tenía la entrevista para la residencia permanente el 10 de marzo del 2008 y se hicieron más fuertes los  miedos. Cambié muchas cosas materiales a casa de mis familiares en caso de que fuera deportado, de que todo el sacrificio que había hecho no sirviera de nada. Me rondaban pensamientos negativos: qué iba a hacer en México sin una profesión, sería una derrota, un fracaso para mí. Pensé seriamente en no presentarme a la entrevista.

Mis temores eran fundados porque en el 2004 fui arrestado cuando había salido de fiesta con unos amigos y estaba muy borracho. Me perdí al salir del club y en mi búsqueda del camino de regreso a casa me encontré una patrulla de la policía, me acerqué a pedir ayuda y en mi borrachera no me di cuenta de que golpeé muy fuerte la ventanilla del auto. Los policías se bajaron, dijeron que estaba muy alterado, quisieron arrestarme y me resistí, me llevaron al precinto y de ahí al centro de procesamiento. Salí tres días después. Al juez le hizo mucha gracia que me hubieran arrestado porque me acerqué a pedir ayuda y sin querer me vi agresivo. Me dijo: “Hijo, vete a casa, a todos nos pasó alguna vez”. Sin embargo, el record (los antecedentes penales) se quedaba para siempre.

Parte de la vida es vencer obstáculos y miedos internos. Me presenté a la entrevista y ese mismo día me convertí en Residente Permanente de los Estados Unidos, no sin antes mencionarle a la Oficial de Inmigración (una señora como de 60 años) que había sido arrestado en el pasado por conducta desordenada. Le expliqué cómo sucedieron las cosas y me dijo: “Hijo, eres un buen hombre, así lo demuestran estos documentos. Equivocarse es parte del aprendizaje en la vida, tengo hijos y nietos que han vivido lo mismo que tú. Sigue adelante”. Me estampó el pasaporte con un sello provisional. No había estado tan feliz en mucho tiempo. El 23 de marzo de 2008 recibí mi tarjeta de Residencia Permanente. Me había jurado no volver a México si no arreglaba mi estatus migratorio… era tiempo de volver a casa.

Volví donde mi madre un 29 de abril de 2008, trece años después de mi partida. Lloré como un niño y me aferré tan fuerte como la vez que partí. Tuve la fortuna de estar el día de las madres con ella. Me sentía realizado al estar de regreso, sin deudas. Era una gran satisfacción. Mi plan era aplicar para ciudadano tan pronto pasaran los cinco años mandatorios de residencia para hacerse ciudadano, sin embargo, no se dieron así las cosas. Viajé un poco, fui a la tierra de Neruda y Allende y después pasaron los años. Tuvo que aparecer una tabasqueña linda –otra vez, el amor es el que me mueve- para que yo decidiera meter mi solicitud para la ciudadanía norteamericana. Pero ahora quería hacerlo yo solo sin la ayuda de un bufete de abogados. Ya no sentía el miedo de antes porque ahora era residente. Familiares y conocidos me decían que no lo hiciera, que me iba a equivocar, que de esas cosas no sabemos nosotros y que la iba a regar. Pero soy muy necio, insistí que no soy ningún tonto y que yo también puedo hacer las cosas y lo hice.

El 20 de diciembre de 2014 me dirigí a la oficina de correos -a cuatro cuadras de la casa- para enviar el money order de 700 dólares de la aplicación. Los perdí en el camino. En ese corto tramo perdí todo y muchas personas que me habían desalentado a realizar yo mismo el trámite de ciudadanía me repitieron que era una señal para que no lo hiciera. Yo me dije que eran los honorarios de los abogados que no había querido pagar y volví a comprar otro money order, lo envié y me fui de vacaciones donde mi tabasqueña linda por dos meses.

El 6 de enero de 2015 me avisa mi hermana que tengo notificación para presentarme el 16 de enero en las oficinas de inmigración para la toma de huellas. Se reprogramó la cita para el 19 de febrero por mi estancia en México y el primero de abril me llega la notificación para la entrevista el 17 del mismo mes. Me sentía listo. Había estudiado muy bien las preguntas de la entrevista. Los miedos se habían quedado atrás. El día de la entrevista llegó, me sentí muy cómodo y todo salió como pensé. El oficial me felicitó por mi buen inglés y por la confianza que tuve durante el examen. Salí feliz del Federal Plaza. Sólo faltaba la Juramentación y  mi Certificado de Naturalización.

El día 20 de mayo de 2015 se llegó la ansiada fecha de Ceremonia de Naturalización. A pesar de que era un día importante para mí, me sentía triste porque estaba solo, porque no tenía a mi madre ni a mi padre a mi lado para que vieran lo que estaba logrando. Tampoco estaba mi tabasqueña por quien, en el nombre del amor, me hice ciudadano.

Son sentimientos encontrados, porque con los Estados Unidos estaré siempre agradecido por darme la oportunidad de aligerar las necesidades de mis seres queridos que quedaron en México. “Si no fuera por México y por mis padres no estaría aquí” pensaba durante la Juramentación. Juré defender incluso con mi vida a mi nuevo país, juré no tenerle lealtad a otro país que no fuera Estados Unidos. Creo que al convertirme en ciudadano sacrifiqué parte de mi identidad, de mi pasado, sacrifiqué a mis abuelos y tatarabuelos, a mis viejitos. Son sentimientos encontrados porque me duele mucho lo que pasa en México y  nunca dejaré de ser mexicano.

Continuará…

 

Santiago Rojas III

Yo no elegí la ciudad de Nueva York, tal vez ella me eligió a mí. A decir verdad no tuve opción, lo único que buscaba era una salida, un chance para solventar los intereses de los préstamos que mi padre había adquirido por la mayordomía. Creo que mi primer reto fue el idioma. En la secundaria y la preparatoria en Puebla llevábamos inglés pero tal vez era británico porque nada que ver con el Estados Unidos. Y no sólo tuve problemas con el inglés, en la pastelería donde trabajé por primera vez sólo hablaban italiano. Cuántos gritos me llevé y mentadas en italiano, supongo. Lo que más les hartaba era que, como respuesta o como defensa, yo siempre sonreía.

También fue muy duro para mí compartir vivienda con más de 20 paisanos, muchos con malos hábitos. Había cigarros, drogas, peleas, borracheras, prostitutas. Todo eso contrastaba con la educación que yo había recibido de mi madre, una mujer con muy buenos modales. Además me asombraba cómo mis paisanos derrochaban en vicios, mientras yo sólo buscaba ahorrar un dólar para mandarlo a casa. El reto más fuerte fue sobrevivir sin documentos en un país extraño. Estar así es no existir, es duro, duele. Es admirable cómo millones de paisanos lidian con ello cada día, sólo por amor a sus familias.

Desde mi llegada a Nueva York me fijé la meta de arreglar mi situación migratoria. Tomé muchos trabajos donde me pagaban poco, pero los aceptaba bajo la promesa de que me iban a ayudar a tramitar la residencia. Promesas falsas, por supuesto. Al pasar un año los dejaba porque me daba cuenta que de que a todos les decían lo mismo y encontraba otro igual. Creo que los patrones se aprovechan de la necesidad humana, aunque nunca me llamaron wetback (espalda mojada) o cosa similar, creo que esas prácticas engañosas de algunos empleadores son discriminatorias. Finalmente en 1999 entré a trabajar en un restaurante italiano en La Pequeña Italia, ya convencido de que todos los patrones eran iguales. Ahí los empleados eran hispanos, pero no les era simpático porque siempre hablaba de justicia social, diciendo que uno no tenía por qué arrastrarse ante los patrones. Los compañeros llevaban años trabajando  ahí y me decían que cuando el jefe me hablara yo tenía que bajar la cabeza y que jamás le respondiera. Obviamente nunca agaché la cabeza y cuando creí tener la razón, así lo expuse.

Al año de trabajar ahí hablé con el dueño y pregunté por mis vacaciones y me dijo “What? Aquí no damos vacaciones.”  Me dijo que yo era un buen trabajador pero que ahí no se tomaban vacaciones, sin embargo, lo iba a valorar. Mis compañeros estaban felices, decían que por mi atrevimiento me iban a correr. Al pasar una semana, el jefe volvió y dijo: “Ok, tienes una semana de vacaciones pagadas, pero los demás están aquí desde antes que tú llegaras, así que ellos las van a tomar primero”. Al final los demás empleados fueron los primeros beneficiados, nos dieron una semana de vacaciones pagada y  las cosas empezaron a cambiar.

El gerente del restaurante italiano es mexicano, de Acapulco, Guerrero para ser exactos y me dijo “Tú que no tienes miedo, dile al dueño que te ayude a arreglar papeles, le caes bien por valiente”. Si supieran que he lidiado con el miedo, que siempre me ha invadido, pero no hay de otra más que tratar de ser fuerte y hablé con el patrón. Mis compañeros me dijeron que estaba loco, que  sólo me iban a robar, que el dueño no iba a estar de acuerdo. Al final las barreras nos las ponemos nosotros mismos y adoptamos miedos ajenos; nos conformamos con lo que hay, creemos que no merecemos nada mejor. Nos suele pasar como individuos, como grupo, en la sociedad o en el país.

Es cierto, tenía miedo pero acepté que mis miedos me iban a acompañar por el resto de mis días. El 20 de abril de 2001 me presenté en un bufete de abogados (Wilens & Baker P.C.) y los contraté para trabajar en  mi caso. Teníamos sólo unos días para armar mi expediente, estaban trabajando contra reloj en mi caso, era un gran reto para una firma tan prestigiosa en Estados Unidos. La Ley LIFE (Legal Immigration Family Equity Act Amendments) de 2000, Sección 245 (I) de Ajuste de Estatus vencía el 30 de abril de 2001. Faltaban muchos documentos por parte de mi empleador, así que se hizo lo imposible y cuatro días antes de que el término cerrara, el 26 de abril de 2001, la firma de abogados envió los documentos. Me alegré mucho cuando me notificaron que mi solicitud había sido aceptada, era un gran paso en mi camino hacia mi regularización de estatus.

Cuatro largos años de papeleo y burocracia pasaron antes de que el 31 de enero de 2005 el Departamento del Trabajo del Estado de Nueva York aprobara mi contrato de trabajo con mi empleador. Ahora sí, estaba amarrado a mi patrón y pasara lo que pasara, me tenía que aguantar y… me aguanté. Pasó otro año para que el UCSIS aprobara la residencia temporal. En  el 2007 tuve mi entrevista para la residencia permanente. Al parecer todo había marchado bien pero pasaron los meses y nunca llegó la respuesta. Llegaron los miedos de que algo estaba mal, de que, tal vez, me iban a deportar. Sabían todo de mí, tenían toda mi información. El contrato con el bufete de abogados había sido por seis mil dólares y había vencido con la entrevista para la Green Card, ahí había terminado todo. Con el temor a ser deportado, los recontraté y fueron otros mil dólares fuera de mis bolsillos, otra solicitud de residencia permanente.

Continuará…

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 22 de julio de 2016