Opinión post-electoral

OPINIÓN POST-ELECTORAL

Usted conoce ya a Santiago Rojas. Hace poco le presenté su historia de inmigrante mexicano en Estados Unidos en varias entregas. Ayer, miércoles 10, apareció en su muro esta publicación. Me pareció pertinente presentarla como una opinión muy válida de lo que está sucediendo en este momento con la comunidad latina, especialmente la mexicana, después del triunfo de Donald Trump frente a Hillary Clinton.

Debo recordarles que Santiago es ciudadano norteamericano, recién estrenado este año, y mantiene la ciudadanía mexicana, por lo que su percepción de ambos países es muy certera por sus vínculos con ambos países, en uno vive y trabaja y en el otro tiene a su familia y a su prometida. Es importante decir que él apoyó a Bernie Sanders para candidato presidencial  del partido demócrata y tuvo que plegarse a la decisión de la mayoría cuando Clinton resultó elegida. Hoy tiene que superar una nueva decepción política y lo expresa en el texto siguiente.

“Ganó Donald Trump, algo que parecía imposible, y por arte de magia apareció un muro fronterizo. ¡Ah, no! Ese muro lo hizo el demócrata Bill Clinton en 1994 en su ‘Operación Guardián’ con el objetivo de impedir la entrada de inmigrantes ilegales, procedentes de la frontera de México hacia territorio estadounidense.

No hay muro que detenga la esperanza de una vida mejor, aunque en el intento se nos vaya la vida. No hay muro que nos detenga cuando lo que nos mueve es el amor hacia nuestras familias; yo soy prueba de ello, escalé y brinqué ese muro en Nogales en octubre de 1995 y, como yo, miles de compatriotas en la Unión Americana.

El muro es el culpable de más de diez mil muertes desde el inicio de su operación, pues los inmigrantes de México y de Sudamérica han intentado cruzar por zonas más peligrosas, como el desierto de Arizona. Los inmigrantes somos los olvidados de ambas naciones, somos los apestados porque no nos quieren aquí, pero nos usan para hacer los trabajos que un anglosajón no quiere hacer, y allá nos obligan a abandonar a nuestros padres, abuelos, esposas e hijos para poder poner un pedazo de pan sobre la mesa y, como siempre, aunque no nos quieran, terminamos poniendo la cara para ambas naciones.

Aquél que me diga que los demócratas están a favor de los inmigrantes creo que está en un error. Barack Obama ha deportado a más mexicanos que cualquier otro presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, pero eso casi no se sabe porque los medios de comunicación suelen se pro-demócratas y callan.

Conozco a muchos hispanos que votaron por Donald Trump, quienes al recibir la ciudadanía estadounidense se olvidaron por completo de su origen, y ahora con su voto le están cerrando la puerta a los recién llegados. Cuando se está indocumentado, no lo está uno por gusto, lo único que uno pide es una oportunidad para arreglar el estatus migratorio. Hoy el panorama luce gris para muchos y duele verlo. Me preguntan algunos compañeros que votaron por Trump por qué me preocupo tanto, si a mí no me afecta, si soy portador de un pasaporte norteamericano y les respondo que probablemente no lo vean ahora, pero más tarde aprenderán la lección.

Como prueba les expongo el caso de un mesero de padres mexicanos que era pro-Trump y que siempre se ha referido de forma denigrante hacia los mexicanos. Fue a dejar un servicio al cuarto de una familia anglosajona también pro-Trump y le dijeron que por su apariencia seguro era mexicano y  que tal vez no tenía papeles; contactaron al gerente del hotel y pidieron que nunca más les mandaran a ese ‘muchacho’. No les importó que también apoyara a Trump. Es aterrador ver la ignorancia y el racismo escondido y que baste una persona a la que se tachaba por loco para despertar a ese gigante dormido que pintó de rojo, el color del partido republicano, a la Unión Americana.”

Como en los artículos anteriores, traté de mantener intactas las palabras de Santiago. En este caso, sólo edité las partes que se refieren a México y a sus malos gobernantes que, aunque compartidas por la opinión pública, desviaban la atención del tema que nos ocupa: la percepción post-electoral en Estados Unidos por parte de un inmigrante mexicano.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 11 de noviembre de 2106.

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Mr. Presidente Trump

MR. PRESIDENTE TRUMP

Suelo decir o escribir las cosas para conjurarlas, para evitar que sucedan, como si tuviera una capacidad extraordinaria para influir en el futuro. Esta vez eran muchas las señales de lo que pasaría que decirlas o contarlas no impedirían los sucesos. Y sucedió. Donald Trump es el presidente electo de Estados Unidos. Lo supe cuando vi salir a Ivanka, su hija, impecablemente vestida, totalmente confiada, a respaldar a su padre. Creo no exagerar cuando digo que la contienda se definió ahí. ¿Qué ciudadano norteamericano blanco, educado o no, con poder adquisitivo o no, se resistió a la imagen y a las palabras de esa joven oradora? ¿Por qué Chelsea no hizo lo mismo con su madre en la convención demócrata, para equiparar fuerzas?

El triunfo de Trump me afecta tanto como a cualquier ciudadano mexicano o del mundo que ignora con certeza cómo va a funcionar el mandato presidencial de quien utilizó sin ambages toda clase de insultos y que expuso cualquier tipo de prejuicios en contra de quienes considera sus enemigos. No creo que enojarme o compadecer a los norteamericanos por lo acontecido el martes 8 en las urnas solucione algo a estas alturas del juego.

Cada pueblo tiene el gobierno que merece y Estados Unidos merece a un Donald Trump que le ofreció acabar con lo que más miedo le da: los latinos indocumentados, las mujeres en el poder –Hillary Clinton como ejemplo-, los homosexuales, los afroamericanos y los musulmanes. Todos esos grupos fueron incapaces de dejar de lado sus diferencias y de agruparse para impedir que su enemigo electoral ganara. No pudieron convencer a quienes no estaban seguros de por quién iban a votar y dejaron al azar –al voto de los cinco estados columpio- la definición de la contienda más importante de nuestros tiempos.

No toda la culpa es del partido demócrata por la selección de su candidata, ni toda la culpa es de Barack Obama con sus dos mandatos de mucho protagonismo y poca política, Trump debe agradecer a las tendencias políticas internacionales que inclinan la balanza de los pueblos receptores de inmigrantes hacia el ámbito ultra conservador. Este triunfo del partido republicano podía ser previsto desde el resultado de la consulta del Brexit en Reino Unido y a partir del crecimiento de los grupos de ultraderecha en Francia y en Grecia, por ejemplo. Lo he dicho en artículos anteriores: la tendencia en Europa y en Estados Unidos es la de nacionalismo a ultranza con grandes dosis de racismo y xenofobia.

Su triunfo pudo ser previsto cuando sus slogans lograron mover y conmover al amplio sector de la población blanca empobrecida que se ha sentido desplazada a lo largo de ocho años de política demócrata con mucha palabrería a favor de los indocumentados y afroamericanos –la

cual no ha sido suficiente para impedir las deportaciones masivas ni la muerte de negros desarmados a manos de la policía-. Lo imprevisto de esta elección fue el vuelco electoral de la clase blanca joven, con poder adquisitivo y alto nivel educativo que apuesta también por un político novato y estridente. El color llama, podría parafrasearse el dicho. ¿Cuál es el aliciente, en cambio, del alto porcentaje del electorado de otras razas o de las mujeres acosadas para votar por Trump? ¿Qué los identifica con él para traicionar a su gente o a su género?

No podemos prevenir qué de lo prometido en campaña logrará cumplir Trump, por eso no me parece tan amenazante su triunfo: el muro está construyéndose desde hace mucho y nada vale cuando un migrante quiere cruzar, las deportaciones no pueden ser más numerosas que las que ha logrado Obama en ocho años, el peso se devaluó sin que Trump tome protesta, hay afroamericanos muertos a cada rato en manos de la policía durante el mandato del primer presidente negro.

Mi esperanza es que la estridencia de la campaña del republicano pueda dar paso a un mandato –dos tal vez- de política sensata, como cuando el rebelde de la clase se transforma para bien al obtener una encomienda importante. Por eso no temo al comportamiento de Trump presidente, existen formalidades y reglas que tiene que cumplir como lo demostró en su primer discurso; temo a las secuelas que pueda tener en la idiosincrasia norteamericana a mediano plazo y que los perdedores no puedan superar su pérdida –aunque en ello se hayan enfocado los discursos de Clinton y Obama el miércoles- y que los ganadores se solacen en su triunfo. Tal vez estoy minimizando los daños futuros, discúlpenme, yo no voté por Trump.

Publicado en verticediario y su edición impresa el 10 de noviembre de 2016.

Santiago Rojas. Conclusión

 

Santiago Rojas. Conclusión

Creo que al venirme a Estados Unidos estaba muy consciente de lo que iba a sacrificar: mi juventud, mis amigos, muchos sueños, a mi familia. A varios de ellos ya no los volví  a ver, se nos adelantaron. No sé si sea egoísta, pero últimamente me duele recordar cómo se fueron mis años de juventud trabajando y trabajando para pagar una deuda que no era mía. Esa es la razón de mi hartazgo de los gobernantes, de la clase política y de la misma gente que se dice amiga y cuando te ve caído no te tiende la mano, sino que te apuñala por la espalda. Me vine por una deuda de mi padre de 10 mil pesos mexicanos con intereses altísimos, y al pasar los años terminé pagando 35 mil dólares. No sé cuánto es eso en dinero mexicano valorado en ese tiempo, pero es un crimen, un abuso. Es triste ver cómo entre mexicanos nos abusamos y casi siempre buscamos sacar un beneficio.

Recuerdo los años en que me dediqué a pagar esa deuda. Sacaba para mi renta y para mi transporte. Me compraba ropa de la más barata y todo se iba de regreso a México. No ganaba mucho, creo que 300 dólares en 1995, pero duele darse cuenta de que hacemos ricas a personas sin escrúpulos y faltos de humanidad. No fue mi padre quien me robó mi juventud, fueron los prestamistas inescrupulosos, fueron los políticos mercaderes de esperanza que construyen castillos en el aire y cuando se van se los llevan. Hoy en día nos venden positivismo y a veces llegamos a creer que el país está estable y de la nada el dólar casi alcanza los 20 pesos, aunque diga Carstens que el peso es fuerte y rechonchito.

Tristemente creo que los problemas en México no se han resuelto, no han mejorado, más bien han empeorado a ritmos alarmantes. Cuando me vine de México recuerdo que había mucha pobreza, no sólo en Puebla, y la sigue habiendo porque así conviene a los intereses de los gobernantes en turno y de los que vengan. Pero al menos se respiraba un ambiente de calma, de que estabas seguro; podías andar en la calle a las diez de la noche sin preocuparte de que te raptaran, de que te robaran o de que murieras en un fuego cruzado. Cuando volví por primera vez en el 2008, aún se podía sentir un poco la tranquilidad, pero conforme pasaron los años noté que ya no era el mismo México. Al estar lejos se tiene más acceso a la información que dentro del país, porque la información muchas veces es vetada o la gente no habla por miedo o simplemente las casas de noticias oficiales deciden informar a conveniencia. Es  una lástima que sólo una pequeña parte del país tenga acceso a internet, si fuese diferente el “malhumor nacional” sería más grande.

No es un secreto mi descontento hacia el partido oficial de México, a pesar de que me estaba formando en él cuando era estudiante. A los 17 años me nombraron presidente de las juventudes del PRI en mi pueblito, pintaba para ser un político de rancho. Me decían que iba para grande, qué bueno que me vine, de otra manera no sería lo que ahora soy. Durante mis primeros años en Nueva York me desconecté de los problemas sociales en México. Me dediqué a trabajar y trabajar. Fue hasta el 2006 en que traté de generar conciencia desde acá pues no podía votar. Hicimos colectivos para convencer a los paisanos a que hablaran con sus familiares en México, para que se dieran cuenta de quiénes son los que nos tienen en esta situación. No logramos nada.

En el 2012 volví recargado, aunque tampoco pude votar y fue por negligencia mía porque ya no tenía excusa, podía viajar a México y tramitar mi IFE. A pesar de ello, creo que ese fue uno de los años más gratos. En ese tiempo conocí a muchos mexicanos profesionistas: doctores, ingenieros, músicos, estudiantes universitarios en la ciudad de Nueva York. Hicimos cuanta protesta pudimos cuando venía algún político. Intentamos general conciencia del voto informado. Esa es la maldición de los idealistas como yo, nos negamos a ver la realidad. Después de todo lo que hicimos para generar un cambio, fue muy triste y amarga la derrota, una decepción total. Quizás el pueblo mexicano realmente tiene a los gobernantes que merece. Lo único que me queda son las mismas ganas de que México cambie aunque ya no estoy tan activo como antes. Se hacen protestas casi cada semana frente al Consulado Mexicano en Nueva York exigiendo que paren las injusticias, que se esclarezca qué pasó con los 43 estudiantes desaparecidos y con miles más que no le importan al gobierno.

Como ciudadano de los Estados Unidos quiero estar más activo en los movimientos sociales, quiero aportar a mi comunidad y dar vuelta a la sociedad de aquí y de México. Mientras tanto por primera vez he cumplido con mi derecho y mi obligación de ciudadano norteamericano: votar en una elección primaria y en noviembre votaré para elegir al presidente o a la presidenta de la nación más poderosa sobre la tierra.

En lo personal tengo muchos planes a futuro. He vivido muchos años con mi hermana y mis adorables sobrinos pero en octubre de este año separaremos nuestros caminos. Ellos para tener un lugar y ser una familia y yo para formar la mía. Voy a solicitar la visa de prometida para mi adorada tabasqueña. Al final de cuentas, la Búsqueda de la Felicidad es uno de los derechos que respalda la Constitución norteamericana para sus ciudadanos. Además, tengo que lograr que mis viejitos vengan a conocer el producto de sus semillas que el viento trajo a Nueva York. Quiero ser capaz de cumplirle mi promesa a mi madre, una promesa que le hice al verla llorando una tarde que fuimos a la sierra a cortar leña para vender y uno de los burros corrió al momento de echarle la carga y nos dejó ahí varados.

“Algún día cuando yo crezca ya no va a tener usted que cortar la leña para vender, porque yo voy a trabajar y le voy a construir una casa grande donde no pase usted frío. Me voy a ir lejos, lejos, y cuando vuelva siempre me va a ir a esperar al aeropuerto porque llegaré en avión, viajaré por el mundo, me dejaré crecer la barba y seré abogado”. Casi todo lo he cumplido, Paula, todo excepto por lo último, aún no soy abogado. Porque la vida no es fácil, porque no todo es como yo creía, porque uno tropieza mucho por el sendero de la vida y cuesta mucho levantarse, porque hay mucha injusticia en el mundo. Pero de una cosa estoy seguro: lo voy a lograr, por tus enseñanzas en el jardín, por la entereza que me heredaste, porque soy tu reflejo, porque soy tú.

https://elblogdelmigrante.wordpress.com

 

Creo que al venirme a Estados Unidos estaba muy consciente de lo que iba a sacrificar: mi juventud, mis amigos, muchos sueños, a mi familia. A varios de ellos ya no los volví  a ver, se nos adelantaron. No sé si sea egoísta, pero últimamente me duele recordar cómo se fueron mis años de juventud trabajando y trabajando para pagar una deuda que no era mía. Esa es la razón de mi hartazgo de los gobernantes, de la clase política y de la misma gente que se dice amiga y cuando te ve caído no te tiende la mano, sino que te apuñala por la espalda. Me vine por una deuda de mi padre de 10 mil pesos mexicanos con intereses altísimos, y al pasar los años terminé pagando 35 mil dólares. No sé cuánto es eso en dinero mexicano valorado en ese tiempo, pero es un crimen, un abuso. Es triste ver cómo entre mexicanos nos abusamos y casi siempre buscamos sacar un beneficio.

Recuerdo los años en que me dediqué a pagar esa deuda. Sacaba para mi renta y para mi transporte. Me compraba ropa de la más barata y todo se iba de regreso a México. No ganaba mucho, creo que 300 dólares en 1995, pero duele darse cuenta de que hacemos ricas a personas sin escrúpulos y faltos de humanidad. No fue mi padre quien me robó mi juventud, fueron los prestamistas inescrupulosos, fueron los políticos mercaderes de esperanza que construyen castillos en el aire y cuando se van se los llevan. Hoy en día nos venden positivismo y a veces llegamos a creer que el país está estable y de la nada el dólar casi alcanza los 20 pesos, aunque diga Carstens que el peso es fuerte y rechonchito.

Tristemente creo que los problemas en México no se han resuelto, no han mejorado, más bien han empeorado a ritmos alarmantes. Cuando me vine de México recuerdo que había mucha pobreza, no sólo en Puebla, y la sigue habiendo porque así conviene a los intereses de los gobernantes en turno y de los que vengan. Pero al menos se respiraba un ambiente de calma, de que estabas seguro; podías andar en la calle a las diez de la noche sin preocuparte de que te raptaran, de que te robaran o de que murieras en un fuego cruzado. Cuando volví por primera vez en el 2008, aún se podía sentir un poco la tranquilidad, pero conforme pasaron los años noté que ya no era el mismo México. Al estar lejos se tiene más acceso a la información que dentro del país, porque la información muchas veces es vetada o la gente no habla por miedo o simplemente las casas de noticias oficiales deciden informar a conveniencia. Es  una lástima que sólo una pequeña parte del país tenga acceso a internet, si fuese diferente el “malhumor nacional” sería más grande.

No es un secreto mi descontento hacia el partido oficial de México, a pesar de que me estaba formando en él cuando era estudiante. A los 17 años me nombraron presidente de las juventudes del PRI en mi pueblito, pintaba para ser un político de rancho. Me decían que iba para grande, qué bueno que me vine, de otra manera no sería lo que ahora soy. Durante mis primeros años en Nueva York me desconecté de los problemas sociales en México. Me dediqué a trabajar y trabajar. Fue hasta el 2006 en que traté de generar conciencia desde acá pues no podía votar. Hicimos colectivos para convencer a los paisanos a que hablaran con sus familiares en México, para que se dieran cuenta de quiénes son los que nos tienen en esta situación. No logramos nada.

En el 2012 volví recargado, aunque tampoco pude votar y fue por negligencia mía porque ya no tenía excusa, podía viajar a México y tramitar mi IFE. A pesar de ello, creo que ese fue uno de los años más gratos. En ese tiempo conocí a muchos mexicanos profesionistas: doctores, ingenieros, músicos, estudiantes universitarios en la ciudad de Nueva York. Hicimos cuanta protesta pudimos cuando venía algún político. Intentamos general conciencia del voto informado. Esa es la maldición de los idealistas como yo, nos negamos a ver la realidad. Después de todo lo que hicimos para generar un cambio, fue muy triste y amarga la derrota, una decepción total. Quizás el pueblo mexicano realmente tiene a los gobernantes que merece. Lo único que me queda son las mismas ganas de que México cambie aunque ya no estoy tan activo como antes. Se hacen protestas casi cada semana frente al Consulado Mexicano en Nueva York exigiendo que paren las injusticias, que se esclarezca qué pasó con los 43 estudiantes desaparecidos y con miles más que no le importan al gobierno.

Como ciudadano de los Estados Unidos quiero estar más activo en los movimientos sociales, quiero aportar a mi comunidad y dar vuelta a la sociedad de aquí y de México. Mientras tanto por primera vez he cumplido con mi derecho y mi obligación de ciudadano norteamericano: votar en una elección primaria y en noviembre votaré para elegir al presidente o a la presidenta de la nación más poderosa sobre la tierra.

En lo personal tengo muchos planes a futuro. He vivido muchos años con mi hermana y mis adorables sobrinos pero en octubre de este año separaremos nuestros caminos. Ellos para tener un lugar y ser una familia y yo para formar la mía. Voy a solicitar la visa de prometida para mi adorada tabasqueña. Al final de cuentas, la Búsqueda de la Felicidad es uno de los derechos que respalda la Constitución norteamericana para sus ciudadanos. Además, tengo que lograr que mis viejitos vengan a conocer el producto de sus semillas que el viento trajo a Nueva York. Quiero ser capaz de cumplirle mi promesa a mi madre, una promesa que le hice al verla llorando una tarde que fuimos a la sierra a cortar leña para vender y uno de los burros corrió al momento de echarle la carga y nos dejó ahí varados.

“Algún día cuando yo crezca ya no va a tener usted que cortar la leña para vender, porque yo voy a trabajar y le voy a construir una casa grande donde no pase usted frío. Me voy a ir lejos, lejos, y cuando vuelva siempre me va a ir a esperar al aeropuerto porque llegaré en avión, viajaré por el mundo, me dejaré crecer la barba y seré abogado”. Casi todo lo he cumplido, Paula, todo excepto por lo último, aún no soy abogado. Porque la vida no es fácil, porque no todo es como yo creía, porque uno tropieza mucho por el sendero de la vida y cuesta mucho levantarse, porque hay mucha injusticia en el mundo. Pero de una cosa estoy seguro: lo voy a lograr, por tus enseñanzas en el jardín, por la entereza que me heredaste, porque soy tu reflejo, porque soy tú.

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 26 de julio de 2016.

 

SANTIAGO ROJAS. IV

SANTIAGO ROJAS. IV

Me llegó la notificación de que tenía la entrevista para la residencia permanente el 10 de marzo del 2008 y se hicieron más fuertes los  miedos. Cambié muchas cosas materiales a casa de mis familiares en caso de que fuera deportado, de que todo el sacrificio que había hecho no sirviera de nada. Me rondaban pensamientos negativos: qué iba a hacer en México sin una profesión, sería una derrota, un fracaso para mí. Pensé seriamente en no presentarme a la entrevista.

Mis temores eran fundados porque en el 2004 fui arrestado cuando había salido de fiesta con unos amigos y estaba muy borracho. Me perdí al salir del club y en mi búsqueda del camino de regreso a casa me encontré una patrulla de la policía, me acerqué a pedir ayuda y en mi borrachera no me di cuenta de que golpeé muy fuerte la ventanilla del auto. Los policías se bajaron, dijeron que estaba muy alterado, quisieron arrestarme y me resistí, me llevaron al precinto y de ahí al centro de procesamiento. Salí tres días después. Al juez le hizo mucha gracia que me hubieran arrestado porque me acerqué a pedir ayuda y sin querer me vi agresivo. Me dijo: “Hijo, vete a casa, a todos nos pasó alguna vez”. Sin embargo, el record (los antecedentes penales) se quedaba para siempre.

Parte de la vida es vencer obstáculos y miedos internos. Me presenté a la entrevista y ese mismo día me convertí en Residente Permanente de los Estados Unidos, no sin antes mencionarle a la Oficial de Inmigración (una señora como de 60 años) que había sido arrestado en el pasado por conducta desordenada. Le expliqué cómo sucedieron las cosas y me dijo: “Hijo, eres un buen hombre, así lo demuestran estos documentos. Equivocarse es parte del aprendizaje en la vida, tengo hijos y nietos que han vivido lo mismo que tú. Sigue adelante”. Me estampó el pasaporte con un sello provisional. No había estado tan feliz en mucho tiempo. El 23 de marzo de 2008 recibí mi tarjeta de Residencia Permanente. Me había jurado no volver a México si no arreglaba mi estatus migratorio… era tiempo de volver a casa.

Volví donde mi madre un 29 de abril de 2008, trece años después de mi partida. Lloré como un niño y me aferré tan fuerte como la vez que partí. Tuve la fortuna de estar el día de las madres con ella. Me sentía realizado al estar de regreso, sin deudas. Era una gran satisfacción. Mi plan era aplicar para ciudadano tan pronto pasaran los cinco años mandatorios de residencia para hacerse ciudadano, sin embargo, no se dieron así las cosas. Viajé un poco, fui a la tierra de Neruda y Allende y después pasaron los años. Tuvo que aparecer una tabasqueña linda –otra vez, el amor es el que me mueve- para que yo decidiera meter mi solicitud para la ciudadanía norteamericana. Pero ahora quería hacerlo yo solo sin la ayuda de un bufete de abogados. Ya no sentía el miedo de antes porque ahora era residente. Familiares y conocidos me decían que no lo hiciera, que me iba a equivocar, que de esas cosas no sabemos nosotros y que la iba a regar. Pero soy muy necio, insistí que no soy ningún tonto y que yo también puedo hacer las cosas y lo hice.

El 20 de diciembre de 2014 me dirigí a la oficina de correos -a cuatro cuadras de la casa- para enviar el money order de 700 dólares de la aplicación. Los perdí en el camino. En ese corto tramo perdí todo y muchas personas que me habían desalentado a realizar yo mismo el trámite de ciudadanía me repitieron que era una señal para que no lo hiciera. Yo me dije que eran los honorarios de los abogados que no había querido pagar y volví a comprar otro money order, lo envié y me fui de vacaciones donde mi tabasqueña linda por dos meses.

El 6 de enero de 2015 me avisa mi hermana que tengo notificación para presentarme el 16 de enero en las oficinas de inmigración para la toma de huellas. Se reprogramó la cita para el 19 de febrero por mi estancia en México y el primero de abril me llega la notificación para la entrevista el 17 del mismo mes. Me sentía listo. Había estudiado muy bien las preguntas de la entrevista. Los miedos se habían quedado atrás. El día de la entrevista llegó, me sentí muy cómodo y todo salió como pensé. El oficial me felicitó por mi buen inglés y por la confianza que tuve durante el examen. Salí feliz del Federal Plaza. Sólo faltaba la Juramentación y  mi Certificado de Naturalización.

El día 20 de mayo de 2015 se llegó la ansiada fecha de Ceremonia de Naturalización. A pesar de que era un día importante para mí, me sentía triste porque estaba solo, porque no tenía a mi madre ni a mi padre a mi lado para que vieran lo que estaba logrando. Tampoco estaba mi tabasqueña por quien, en el nombre del amor, me hice ciudadano.

Son sentimientos encontrados, porque con los Estados Unidos estaré siempre agradecido por darme la oportunidad de aligerar las necesidades de mis seres queridos que quedaron en México. “Si no fuera por México y por mis padres no estaría aquí” pensaba durante la Juramentación. Juré defender incluso con mi vida a mi nuevo país, juré no tenerle lealtad a otro país que no fuera Estados Unidos. Creo que al convertirme en ciudadano sacrifiqué parte de mi identidad, de mi pasado, sacrifiqué a mis abuelos y tatarabuelos, a mis viejitos. Son sentimientos encontrados porque me duele mucho lo que pasa en México y  nunca dejaré de ser mexicano.

Continuará…

 

Santiago Rojas III

Yo no elegí la ciudad de Nueva York, tal vez ella me eligió a mí. A decir verdad no tuve opción, lo único que buscaba era una salida, un chance para solventar los intereses de los préstamos que mi padre había adquirido por la mayordomía. Creo que mi primer reto fue el idioma. En la secundaria y la preparatoria en Puebla llevábamos inglés pero tal vez era británico porque nada que ver con el Estados Unidos. Y no sólo tuve problemas con el inglés, en la pastelería donde trabajé por primera vez sólo hablaban italiano. Cuántos gritos me llevé y mentadas en italiano, supongo. Lo que más les hartaba era que, como respuesta o como defensa, yo siempre sonreía.

También fue muy duro para mí compartir vivienda con más de 20 paisanos, muchos con malos hábitos. Había cigarros, drogas, peleas, borracheras, prostitutas. Todo eso contrastaba con la educación que yo había recibido de mi madre, una mujer con muy buenos modales. Además me asombraba cómo mis paisanos derrochaban en vicios, mientras yo sólo buscaba ahorrar un dólar para mandarlo a casa. El reto más fuerte fue sobrevivir sin documentos en un país extraño. Estar así es no existir, es duro, duele. Es admirable cómo millones de paisanos lidian con ello cada día, sólo por amor a sus familias.

Desde mi llegada a Nueva York me fijé la meta de arreglar mi situación migratoria. Tomé muchos trabajos donde me pagaban poco, pero los aceptaba bajo la promesa de que me iban a ayudar a tramitar la residencia. Promesas falsas, por supuesto. Al pasar un año los dejaba porque me daba cuenta que de que a todos les decían lo mismo y encontraba otro igual. Creo que los patrones se aprovechan de la necesidad humana, aunque nunca me llamaron wetback (espalda mojada) o cosa similar, creo que esas prácticas engañosas de algunos empleadores son discriminatorias. Finalmente en 1999 entré a trabajar en un restaurante italiano en La Pequeña Italia, ya convencido de que todos los patrones eran iguales. Ahí los empleados eran hispanos, pero no les era simpático porque siempre hablaba de justicia social, diciendo que uno no tenía por qué arrastrarse ante los patrones. Los compañeros llevaban años trabajando  ahí y me decían que cuando el jefe me hablara yo tenía que bajar la cabeza y que jamás le respondiera. Obviamente nunca agaché la cabeza y cuando creí tener la razón, así lo expuse.

Al año de trabajar ahí hablé con el dueño y pregunté por mis vacaciones y me dijo “What? Aquí no damos vacaciones.”  Me dijo que yo era un buen trabajador pero que ahí no se tomaban vacaciones, sin embargo, lo iba a valorar. Mis compañeros estaban felices, decían que por mi atrevimiento me iban a correr. Al pasar una semana, el jefe volvió y dijo: “Ok, tienes una semana de vacaciones pagadas, pero los demás están aquí desde antes que tú llegaras, así que ellos las van a tomar primero”. Al final los demás empleados fueron los primeros beneficiados, nos dieron una semana de vacaciones pagada y  las cosas empezaron a cambiar.

El gerente del restaurante italiano es mexicano, de Acapulco, Guerrero para ser exactos y me dijo “Tú que no tienes miedo, dile al dueño que te ayude a arreglar papeles, le caes bien por valiente”. Si supieran que he lidiado con el miedo, que siempre me ha invadido, pero no hay de otra más que tratar de ser fuerte y hablé con el patrón. Mis compañeros me dijeron que estaba loco, que  sólo me iban a robar, que el dueño no iba a estar de acuerdo. Al final las barreras nos las ponemos nosotros mismos y adoptamos miedos ajenos; nos conformamos con lo que hay, creemos que no merecemos nada mejor. Nos suele pasar como individuos, como grupo, en la sociedad o en el país.

Es cierto, tenía miedo pero acepté que mis miedos me iban a acompañar por el resto de mis días. El 20 de abril de 2001 me presenté en un bufete de abogados (Wilens & Baker P.C.) y los contraté para trabajar en  mi caso. Teníamos sólo unos días para armar mi expediente, estaban trabajando contra reloj en mi caso, era un gran reto para una firma tan prestigiosa en Estados Unidos. La Ley LIFE (Legal Immigration Family Equity Act Amendments) de 2000, Sección 245 (I) de Ajuste de Estatus vencía el 30 de abril de 2001. Faltaban muchos documentos por parte de mi empleador, así que se hizo lo imposible y cuatro días antes de que el término cerrara, el 26 de abril de 2001, la firma de abogados envió los documentos. Me alegré mucho cuando me notificaron que mi solicitud había sido aceptada, era un gran paso en mi camino hacia mi regularización de estatus.

Cuatro largos años de papeleo y burocracia pasaron antes de que el 31 de enero de 2005 el Departamento del Trabajo del Estado de Nueva York aprobara mi contrato de trabajo con mi empleador. Ahora sí, estaba amarrado a mi patrón y pasara lo que pasara, me tenía que aguantar y… me aguanté. Pasó otro año para que el UCSIS aprobara la residencia temporal. En  el 2007 tuve mi entrevista para la residencia permanente. Al parecer todo había marchado bien pero pasaron los meses y nunca llegó la respuesta. Llegaron los miedos de que algo estaba mal, de que, tal vez, me iban a deportar. Sabían todo de mí, tenían toda mi información. El contrato con el bufete de abogados había sido por seis mil dólares y había vencido con la entrevista para la Green Card, ahí había terminado todo. Con el temor a ser deportado, los recontraté y fueron otros mil dólares fuera de mis bolsillos, otra solicitud de residencia permanente.

Continuará…

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 22 de julio de 2016

Santiago Rojas II

 

Al día siguiente fuimos a hablar con un tío lejano que había ido a mi pueblo de vacaciones y se regresaba pronto a Estados Unidos. Nos vamos el próximo sábado, dijo. La vida tiene sus coincidencias y curiosidades, era un 30 de septiembre de 1995 cuando salí de casa con una maletita colgada al hombro que contenía una muda de ropa y con una mochila invisible en la espalda llena de esperanza e ilusiones de poder llegar “al norte” para poner sobre la mesa lo que tanta falta hacía. Era el día de San Jerónimo, el patrón de mi pueblo, la misma fiesta que nos llevó a la miseria, me despedía. Me dolió mucho porque vi a muchos compañeros de clase de los cuales nunca me despedí, hoy son ingenieros o arquitectos desempleados pero profesionistas al fin.

Nunca sentí apego por mi padre, pero al despedirme de él en el aeropuerto de la Ciudad de México lo abracé con tanta fuerza que no quería soltarlo, me inundó un miedo muy fuerte porque no sabía si iba a volverlo a ver. Al final abordamos el avión que nos llevó a Hermosillo, Sonora. Ahí nos esperaba el “coyote” y durante toda la noche viajamos en una van. Al amanecer llegamos a Nogales del lado mexicano. Llegamos a una casa justo en una lomita, nos dieron desayuno y nos dijeron que teníamos unas dos horas para bañarnos y que luego cruzaríamos. Al salir al patio trasero, ahí estaba. Abajo había un barranco y enfrente estaba el muro de Berlín en el país de la Libertad.

Nos dieron la orden de que teníamos que dejar todo el dinero que trajéramos y que memorizáramos los números de nuestros familiares. Ahí quedó mi maletita con mi muda de ropa, ahí quedaba México.

Nos habían explicado que al lado de la garita de Nogales había un centro comercial y que de ahí salían autobuses, nos explicaron también que estaba como a 30 minutos y a partir de brincar el muro, teníamos diez minutos para llegar a un barranco cerca de la garita y ahí esperaríamos por el cambio de turno que nos daría un lapso de diez minutos para correr hasta el estacionamiento de donde salían los autobuses. Recuerdo que al bajar al barranco había un grupo de universitarios estudiando el subsuelo, y se mofaron de nosotros gritando ¡USA, USA, USA!

Al empezar a escalar el muro me dio mucho miedo, más bien terror. Me sentí frío, ido, como que estaba ahí y no estaba, apreté una estampa de la virgen de Guadalupe de la que mi madre es devota y los recordé a ellos, a mi familia, como si fuera una película en mi cabeza, todos pasaron por ella. En ese momento no sentía. Escalé, brinqué, corrí, me espiné y seguí corriendo hasta que el coyote dijo ¡todos al suelo! Todos al suelo y me tiré. Caí sobre una planta que parecía inofensiva pero estaba llena de espinas, me aguanté y contamos los minutos. Llegó el tiempo  del cambio de guardia en la garita y corrimos. Una avioneta rondaba sobre nuestras cabezas pero no nos detuvimos, pasamos debajo de unos alambres de púas en las inmediaciones del estacionamiento y entramos corriendo al autobús que estaba estacionado. Me da tristeza recordar las miradas de miedo hacia nosotros de unos niños “gringos” que estaban con sus padres en ese autobús. Gracias a la vida, a la esperanza, a la estampa de una virgen o a los rezos de mi madre el autobús partió y con él nosotros. ¡Estábamos en USA!

Ese autobús nos llevó hasta el Nogales americano. Llegamos a una casa donde había como 60 personas como yo. Había un problema: el papa Juan Pablo II venía a Nueva York y había seguridad extrema. Nos sacaron identificaciones de Nogales y esperamos, y esperamos. El día cuatro de octubre de 1995, el día en que el Papa llegaría al Newark Liberty International Airport, nos dijeron: Es ahora o nunca. El Papa estará hasta el 9 de octubre en Nueva York y la seguridad estará igual, no podemos esperar tanto. Por ahora buscaran terroristas y no inmigrantes, vamos a intentarlo.

Y así, con miedo llegamos al Nogales International Airport. Traté de actuar lo más natural posible, ahora me doy cuenta qué tan carente de naturalidad me vi ese día pues me veo reflejado en otros paisanos cuando están recién llegados. Salimos una madrugada del 4 de octubre y esta vez sí oré, porque por primera vez tenía sentido para mí el “ya casi”.

Finalmente dejó de ser ya casi la mañana del 4 de octubre de 1995, cuando en un taxi salimos del aeropuerto de Newark, N.J. con destino a la ciudad de Nueva York. Ese día llegaría el Papa, nosotros nos adelantamos. Siempre estaré agradecido con los “coyotes” porque a pesar de hacer algo que es ilegal, a millones de migrantes nos dan la esperanza de un futuro mejor, aunque en el trayecto se nos vaya la vida.

Continuará…

Publicado en verticediaro.com y su edición impresa el 21 de julio de 2016

Santiago Rojas

A lo largo de los diez años en que me he dedicado a dar seguimiento a la investigación que inicié sobre el tema de los migrantes mexicanos, he escuchado historias personales diversas. Algunos migrantes han accedido a contármelas con reticencia y cautela, temerosos de que su estatus de indocumentados les pueda generar algún problema. Otros han compartido entusiastas su historia a sabiendas de que su nombre no aparecería al aire o impreso o en formato digital sin su autorización. Sin embargo, jamás encontré un inmigrante más comprometido con su propia historia pasada, presente y futura que mi amigo Santiago Rojas. Desde la primera vez que lo entrevisté en vivo para la radio, entrevista que se perdió por desgracia, aceptó presentarse con su nombre real, emitió sus opiniones -que eran y siguen siendo muy críticas al gobierno mexicano- y dejó entrever parte de su vida laboral como inmigrante indocumentado para después regularizar su situación al conseguir su tarjeta de residencia, y culminar con su naturalización como ciudadano americano.

Santiago quiere sentar precedente, según me lo dijo en uno de los correos que hemos intercambiado durante los años que llevamos de conocernos, primero a través de internet y hace poco en persona, en Brooklyn. Aunque he dejado un poco de lado mi veta de entrevistadora desde que regresé a México en 2012, reflexioné que a Santiago le debía su aparición en esta columna escrita y le solicité que me contestara algunas preguntas abiertas sobre su historia migrante para permitirme ampliar lo que recordaba de él en aquella entrevista radiofónica. Podía elegir entre un seudónimo o su nombre real. “Mi nombre completo para que mi historia les sirva de ejemplo a mis paisanos mexicanos.” ¡Y vaya que Santiago tiene una historia que contar! Es tan prolijo en contar sus vivencias que tendré que usar varias entregas para compartirla. No obstante, les garantizo que será muy interesante que la lean. Salvo ligeras adaptaciones gramaticales y ortográficas, la historia que a continuación transcribo es la que Santiago escribió por sí mismo y que me autorizó a compartir con ustedes.

Llegué a Staten Island, New York, a los diecisiete años. Recuerdo muy bien que empecé a trabajar al día siguiente como lavaplatos en una pastelería italiana. Para lavar platos hay que saber y yo no sabía, me gasté todas las yemas de los dedos y cada vez que calentaba las tortillas en el comal al llegar a casa me ardían horrible y terminaba llorando. A las tres semanas de haber llegado cumplí 18 años, fue mi día de descanso y tenía gripa con una tos terrible, me pasé todo ese día llorando, prometiéndome que valdría la pena tanto dolor.

Las razones por las que me vi obligado a dejar México fueron varias, pero la más fuerte fue la terrible situación económica por la cual atravesaba mi familia. Desde niños crecimos solos con mamá, mi papá trabajaba en la Ciudad de México y lo veíamos dos veces al mes cuando iba a dejar dinero a Puebla. En San Jerónimo Xayacatlán, como en muchos lugares de México, las costumbres dictan que debe haber mayordomos para llevar a cabo las festividades de cada santo en el pueblo. Mi padre formaba parte de la Hermandad o Cofradía de San Jerónimo (el doctor de la Iglesia) que se celebra el 30 de septiembre. En esa fecha en 1993 un año antes de que terminara el régimen, el Salinato parecía fuerte y estable y mi padre decidió ser mayordomo de las festividades del año siguiente. Todo se veía prometedor y mi padre invirtió todo lo que tenía para hacer una fiesta inolvidable para el pueblo y para las arcas de la mayordomía, pero en 1994, con la entrada del nuevo presidente de la República, empezó la especulación, se desplomaron los castillos en el aire y los festejos del santo fueron un fracaso total.

Mi padre terminó endeudado con 10 mil pesos, mucho dinero en ese tiempo para un hombre que perdió el empleo después de largos años de lealtad, sin contar lo que había invertido de sus ahorros y que jamás recuperó. Desde entonces tengo muy claro que amigos verdaderos existen muy pocos, antes de ser mayordomo mi padre tenía muchos amigos, después del fracaso no le quedó ninguno. Mi padre pidió prestado para dejar las arcas sin adeudos y los “amigos” le cobraban intereses altísimos. Todo eso empezó a mermar mi rendimiento en la preparatoria y pasé de ser un excelente alumno a uno mediocre. Muchas veces tuve que mentir diciendo que mi padre no estaba en casa cuando lo buscaban los prestamistas, hasta la fecha me duele porque, aunque nuestra situación es un poco diferente ahora, a muchas familias la fe y las tradiciones las tienen hundidas en la miseria. Fue esa la razón principal por la que dije, no puedo más, ¡me voy!

Recuerdo que el 25 de septiembre de 1995 estaba en mi clase de filosofía, estaba ahí, pero ausente, ido, pensando cómo era que sólo un año atrás la vida era diferente. Se había devaluado el peso con el “error de diciembre”, mi padre estaba sin empleo y endeudado hasta el cuello. La magia del Salinato se había esfumado, eran como las seis de la tarde. Al término de la clase mi maestro de filosofía me dijo: “Quiero hablar contigo muy en serio, tú eras muy bueno pero ya no tienes nada que hacer aquí. ¿Quieres ayudar a tu padre, a tu familia? Calentando esa butaca no lo vas a lograr. Tómate una tregua, vete, busca la solución, pero no seas pendejo.

Llegué a casa a las 10:30 de la noche y les dije a mis papás: me voy porque no aguanto más esta situación y quiero ser capaz de ayudarles. Mi madre soltó el llanto porque sabía que no había marcha atrás. Creo que hasta la fecha llora porque yo le prometí que iba a ser abogado, creo que hasta la fecha llora por mi promesa rota… porque yo aún lo hago.

Mi padre me dijo que no me preocupara, que esos compromisos eran suyos y él vería cómo los resolvería. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Contacté a mi hermano Sebastián y a Luis que se encontraban en Nueva York y me dijeron ¡vente!

Continuará…

Publicado en verticediario.com y su edición impresa el 19 de julio de 2016